El carisma incuestionable de un hombre feliz que sueña con cantar en el Coliseo de Roma

Por Germán San Nicasio

No hace falta saber quién es Diego “El Cigala”, basta con tener en la cara unos globos oculares más o menos competentes para, nada más verle, darte cuenta de que es un artista del cante. A Camarón le pasaba algo parecido: cuenta la leyenda que una vez iba José Monge caminando con Tomatito entre los rascacielos de la Quinta Avenida y llamaba tanto la atención que la gente se le quedaba mirando al pasar, pero hay una gran diferencia: a Camarón en Nueva York no le conocía casi nadie y hoy todo el mundo ya sabe de sobra quién es y a qué se dedica Diego “El Cigala”. Y no es sólo que en el mundo actual los medios de comunicación sean apisonadoras más eficaces y que existan unas cosas llamadas redes sociales, todo parece indicar que además Camarón de la Isla y “El Cigala” tienen criterios distintos a la hora de publicitar sus respectivas aptitudes artísticas. Sobrino del también cantaor Rafael Farina y, según la Wikipedia, amigo de El Gran WyomingSantiago SeguraPablo Carbonell y Javier Krahe, entre otros, se puede decir que Diego Ramón Jiménez Salazar (Madrid, 1968) es alguien que sabe cantar y que sabe hacer que el mundo se entere.

Madrid. Martes 10 de junio de 2014. Mi cita con la superestrella es a las cinco y media de la tarde en el Hotel Paseo del Arte, a dos pasos de la estación de Atocha, y no soy del todo puntual porque llego quince minutos antes de la hora acordada. En el vestíbulo del hotel me recibe muy atento un hombre llamado Jorge Camarlengo, encargado de ponerle los entrevistadores en suerte a “El Cigala”, y, mientras llega mi turno, me invita a tomar algo en la barra del bar que hay en el propio vestíbulo. Me pido un agua mineral sin hielo y me siento en un taburete a unos siete metros de las mesas del fondo, donde, en una de ellas y a la vista de todo el mundo, “El Cigala” tontea con una periodista rubia de mediana edad que se ríe de manera muy ruidosa con las cosas que le cuenta el cantaor. Yo aprovecho para observar con disimulo al que posiblemente sea nuestro gitano más internacional a día de hoy. “El Cigala”, con su inconfundible melena y sus barbas y sus dos kilos de oro en forma de joyas, lleva esta tarde una camisola blanca de manga larga, pantalones oscuros de un tejido yo diría que de origen sudamericano y calzado deportivo de una conocida marca comercial que esponsoriza equipos de fútbol. El parecido con Rasputín es tan grande que supongo que no soy el primero en apuntarlo, lo que sí me sorprende es su menudez anatómica. Por algún motivo esperaba encontrarme con una especie de gigantón de metro noventa y es al revés: casi es más pequeñito que yo. A lo mejor es que en la televisión y en los escenarios de los teatros el aura del estrellato hace que las personas parezcan anatómicamente más voluminosas de lo que son en realidad. El mote dicen que se lo puso Camarón. A mí más que una cigala me recuerda a una anguila que estuviera entre el peso superpluma y el peso ligero.

Por lo que me comenta Jorge Camarlengo, el cantaor tiene que estar al borde del desmayo. Justo ayer llegó a España después de dar varios conciertos seguidos por el mundo y hoy lleva todo el día concediendo entrevistas y debería descansar porque mañana le espera el mismo plan y el jueves se va a Barcelona a grabar algo para una televisión y luego el viernes tiene no sé qué más cosas y el sábado actúa en la plaza de toros de Alcalá de Henares. El clásico agotamiento límite de todo icono mundial de la música en plena campaña de promoción. Agotado y todo, el colega sabe apañárselas para hacer reír a las mujeres. A mí me alegra enterarme de que yo soy hoy el último entrevistador al que tendrá que atender “El Cigala”, porque eso significa que podremos dilatar la charla sin apreturas de tiempo y tendré más margen para birlarle alguna declaración potente, aunque esto suponga abusar un poco más del aguante físico de la estrella.

Jorge Camarlengo se acerca a las mesas del fondo para decirle a la periodista rubia de mediana edad que su turno de risitas ha terminado y se lleva a “El Cigala” para una breve sesión de fotos en una especie de butacón raro que hay al otro lado del vestíbulo. “El Cigala” sonríe encantado de posar en su trono de rey del flamenco. Cinco minutos después estoy estrechándole la mano al cantaor vivo más famoso del mundo y, mientras me siento en la misma silla que hace unos momentos ocupaba la periodista rubia, enciendo la grabadora y le digo a “El Cigala” que me perdone la voz pero es que tengo un ataque tremendo de alergia. «Y ¿a qué tienes tú alergia?», me pregunta sin dejar de atusarse la perilla con las dos manos. Me fijo en las canas que le motean melena y barba y veo que no tiene casi pelo en las mejillas, la espesura está en el mentón. «Al polen de los olivos y las gramíneas», le explico mi historial médico y, ya que estoy, le pregunto si tiene él algún truco secreto, a ser posible dentro de la legalidad, para cuidarse la garganta. «Aloe vera. Y dormir mucho y ser feliz», y me dedica una sonrisa enorme que de pronto se convierte en bostezo. «Entonces en República Dominicana tu garganta estará en la gloria», le digo, y “El Cigala” me asegura que no tiene pensado volver a España —a instalar su residencia, se entiende—, al menos mientras no cambie la situación económica actual, que fue una de las razones que le empujaron a coger las maletas. Hace exactamente un año obtuvo la nacionalidad dominicana y allí reside con su mujer y algunos de sus hijos. Está claro que nuestro hombre sabe lo que es bueno en materia de exilios. “El Cigala” coloca su teléfono móvil de última generación al lado de mi pequeña grabadora y veo que el reloj de su muñeca izquierda marca una hora que no me cuadra. O bien el reloj es de adorno o es que lo lleva con la hora de República Dominicana. No voy a preguntarle por una memez así, de modo que, para averiguarlo por mi cuenta, me propongo volver a mirar dentro de un rato la posición las agujas, pero luego me olvido de hacerlo.

Hablamos de la bancarrota que vive España, el paro juvenil y los caraduras de los políticos, y el diálogo coge carrerilla en forma de competición de maldiciones. Le pregunto por la abdicación del Rey don Juan Carlos y automáticamente se me declara republicano. «¿Tienes alguna opinión sobre la inminente llegada de Felipe VI a nuestras vidas?» Y me cuenta la vez que los príncipes le fueron a saludar después de verle cantar en Asturias en un concierto a favor de los niños con síndrome de Down. «Estuvieron muy cariñosos conmigo. Ese Príncipe que entra en el camerino y me dice: ¡Eh!, que yo soy cigalero», y “El Cigala” bosteza de nuevo, y volverá a hacerlo varias veces más a lo largo de la charla, pero tampoco tiene mucho sentido llevar la cuenta de los bostezos. En fin, que le parece un individuo majete Felipe VI, que por cierto es de su misma quinta y, por el bien de los intereses de todo el mundo, “El Cigala” y yo le deseamos que las cosas le vayan lo mejor posible en su reinado.

«Estuvieron muy cariñosos conmigo. Ese Príncipe que entra en el camerino y me dice: ¡Eh!, que yo soy cigalero»

 

El principal motivo periodístico de nuestra conversación es la llegada de su nuevo trabajo a las tiendas de discos, y el contrato tácito que se establece entre “El Cigala” y yo es que yo hablo de su nuevo trabajo en lo que sea que vaya a escribir y él a cambio me deja curiosear en las peculiaridades de su estrellato para que, dentro de un límite, pueda hacer literatura a su costa. De modo que después de conquistar el planeta exhibiendo sus experimentos con el pianista Bebo Valdés y el director de cine Fernando Trueba y el tango y el bolero y más músicas a las que ha sabido dar varias vueltas de tuerca personalísimas que le han valido media docena de Grammys latinos y una legión de fans de lo más variopintos, y después de su aparición estelar haciendo de sí mismo en la mítica saga Torrente y de prestar su voz a un personaje llamado Buzz Lightyear en la versión española de la película Toy Story 3, “El Cigala” vuelve ahora a lo que los entendidos del flamenco llaman la pureza de los palos de toda la vida. Vuelve el Flamenco, producido por Cigala Music, recoge una actuación en directo que el cantaor madrileño ofreció el año pasado en el Palau de la Música de Barcelona. Con él estaban aquella noche: Diego del Morao a la guitarra, Sabú Suárez a la percusión y Juan Grande, Ané Jesús Carrasco y Tarote dando palmas y haciendo los coros.

—Te vas a hinchar a ganar premios con este disco —le digo mitad convencido de mi vaticinio y mitad pelotamente.

—¿Tú crees? —“El Cigala” parece que intenta poner cara de modestia.

—Ya lo verás.

—¿Tú crees? —insiste.

—¿Tú no?

—El cariño del público es el mejor premio, pero es verdad: estoy muy contento con el resultado y, ¿tú sabes que lo escuché el otro día por primera vez?

—¿Por primera vez después de…

—Después de la grabación, sí. Me dijo Álvaro: Tin–tirín–tin–tin, y yo le dije: ¿Seguro?, y él: Segurísimo. Y así se quedó. Yo sabía cómo canté aquel día, por eso lo dejé como estaba.

Deduzco que el cantaor se refiere a Álvaro Mata, que, según los créditos, es el responsable de la grabación, mezcla y masterización.

—¿Cómo surgió la idea?

—Pues se me ocurrió en el camerino, justo antes de salir a cantar. No llevaba nada preparado para el concierto y en un momento cogí una hoja de papel y apunté todo el repertorio. —“El Cigala” me empieza a hacer un desglose pormenorizado del disco tema por tema y yo le interrumpo y le digo que me encanta la Sevillana de Juan Antonio, más que nada para que vea que ya me lo he escuchado, y entonces me relata la vida de alguien llamado Juan Antonio Salazar. Y sigue—: Supe que aquello tenía que ser un disco. Afortunadamente salió todo bien y lo que sucedió en el Palau entre el público y los músicos fue muy grande, pero también te digo que este disco no me va a permitir hacer una gira muy… una gira de conciertos muy seguidos. No voy a poder. Es un repertorio demasiado exigente, como has visto…

—Claro, claro.

—Yo siempre me vacío entero, no sé cantar de otra manera, y después de cada actuación acabo destrozado, me duele todo, la espalda, los costaos, los riñones, y luego necesito tres días para recuperarme.

—¿Te consideras un genio?

—No, para nada. Para nada —y nuevo manoseo de perilla. Sin ánimo de ser tocanarices, ¿qué puede uno contestar realmente ante semejante pregunta? Pero “El Cigala” sabe salir del paso con estilo—: Un genio es Diego del Morao, ese sí que es un fenómeno de verdad.

—Y además es muy joven.

—Está creciendo a una velocidad que da miedo y nadie sabe hasta dónde va a ser capaz de llegar. El mismo Paco de Lucía estaba que flipaba con él. ¿A quién crees tú que llamaba últimamente Paco de Lucía cuando tenía el día un poco espeso? A Diego del Morao. Cogía el teléfono y le decía: Diego, anda, tócame una falseta a ver si me inspiro un rato. Con eso te lo digo todo.

Prometo que no voy a poner los puntos sobre las íes a cada cosa que me diga “El Cigala”, y tampoco es que pretenda quitarle méritos al hijo del inolvidable Moraíto Chico, al contrario, todos los que saben de esto opinan que ya es uno de los grandes de la guitarra ahora mismo y yo no tengo un solo motivo para estar en desacuerdo, pero lo que me dice este hombre sobre Paco de Lucía me suena un poco al típico piropo exagerado que dedica uno a sus amigos, piropo perfectamente lícito y comprensible porque, al fin y al cabo, si uno ya no puede piropear ni a sus amigos pues a ver a quién va a piropear entonces. Por supuesto a “El Cigala” no le comento nada de esto, todavía no me siento con la suficiente confianza como para poner a prueba su temperamento de estrella mundial con sangre gitana. De igual modo que venía pensando encontrarme con un tipo de mayor estatura física, también traía conmigo el prejuicio de que los artistas del cante pueden llegar a ser peligrosamente susceptibles, pero a lo largo de esta charla tendré ocasión de comprobar hasta qué punto estaba yo de nuevo equivocado. Otro prejuicio que tengo con los cantaores flamencos, en especial con los herederos de Camarón, está relacionado con el tema de las drogas, pero aquí salir de dudas me parece más complicado. A un músico en mitad de una campaña de promoción es tontería preguntarle si consume mucho. Si la respuesta es no, pensaré que todos los yonquis son unos mentirosos, y si la respuesta es sí, pensaré que a veces resulta propagandísticamente ventajoso tirarte el moco para inflar tu leyenda. Y con los músicos pasa un poco lo mismo que con los políticos, en realidad están siempre en campaña de promoción.

“¿A quién crees tú que llamaba últimamente Paco de Lucía cuando tenía el día un poco espeso? A Diego del Morao. Cogía el teléfono y le decía: Diego, anda, tócame una falseta a ver si me inspiro un rato. Con eso te lo digo todo”

 

Lo que sí hago es mencionarle a “El Cigala” el disco Orate, de Diego del Morao, producido también por Cigala Music, por si le apetece seguir echándole flores a su guitarrista, y me calza toda una retahíla de argumentos convincentes para hacerme ver que ése es poco menos que el mejor disco de guitarra de la última década.

—¿Tú sabes cuánto tiempo estuvimos para grabarlo? Cuatro años. Más, casi cinco. Llegaba al estudio, daba dos notas y fuera. Yo así no puedo, me volvería loco —y me dice que le gustaría enseñarme un video del guitarrista en pleno despliegue de virtuosismo, pero resulta que no le queda batería en su teléfono móvil de última generación. Luego me cuenta el primer concierto en el que actuaron juntos Diego del Morao y él—. Fue aquí, en Madrid, y estaba todo el mundo del flamenco. Diego vino desde Jerez y casi no nos habíamos visto antes ni habíamos hablado… Oye, ¿tú cómo cantas?, pam–pam–pam, un, dos, tres, y tuvimos que salir a actuar delante de la gente sin ensayar ni nada y el entendimiento fue brutal, instantáneo, y Tomatito, que estaba por allí, me empezó a decir: “Cigala”, ya tienes guitarrista. Y yo me partía de la risa. Ya tienes guitarrista, ya tienes guitarrista —el cantaor de Lavapiés pone acento de Almería para imitar a Tomatito.

 

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—¿Cómo te enteraste de la muerte de Paco de Lucía?

—Fue por la mañana —a “El Cigala” le cambia la cara, pero sin histrionismos—. Serían las siete, me despertó mi mujer para darme la noticia… Acaba de morir Paco. Me puse a llorar. Es una de esas cosas que no te puedes explicar. Se estaba cuidando para su gira, hasta había dejado de fumar y todo…

—Es verdad, no fumaba desde que se murió Félix Grande.

—Ahí, en la playa, con sus hijos delante, un dolor en el pecho… Y se murió, y aquí nos quedamos los demás. Es irónico. Si eso le llega a pasar a Paco en cualquier otra parte, ¿qué digo yo?, si eso le pasa aquí, en Madrid, ¿tú qué crees?, pues claro, se habría salvado.

—¿Qué tal su disco, qué te parece? —le pregunto por el disco póstumo de Paco de LucíaCanción Andaluza.

—Es mi disco de cabecera desde que salió hace mes y medio. Me lo pongo por la mañana, por la noche, no puedo parar de escucharlo. Ojos verdes, Señorita… Son cosas que… Señorita la escuché en la voz de Marifé de Triana cuando yo tenía siete años. Cuánta nostalgia. Yo sabía que iba a hacer una genialidad, lo sabía. Porque Paco es… —me mira como diciendo: qué quieres que diga yo ahora, es imposible que las palabras abarquen lo grande que es Paco. Y a continuación se pone a piropear a la mayoría de los artistas que colaboran en el disco—. Y Estrella Morente yo creo que no ha cantao mejor en su vida, está mejor que nunca.

El nuevo trabajo de “El Cigala” es precisamente un homenaje a Paco de Lucía, «el sobrehumano de Algeciras. Porque junto al genio de la isla erais los ídolos de mi infancia, los súper–héroes del flamenco. Y en realidad nada a cambiado con los años, lo seguís siendo». Estas sentidas palabras vienen escritas dentro del disco (sic por, como mínimo, la hache que falta), y sí tiene bastante pinta de ser la manera de exteriorizar un sentimiento sincero por parte de “El Cigala”, porque fíjense ustedes en el detalle tan sintomático: el nombre de Paco de Lucía aparece en la cubierta de Vuelve el Flamenco con letras considerablemente más corpulentas que las del nombre del propio Diego del Morao.

—A Paco de Lucía le fascinaba el proceso de la creación, decía que él era feliz en su estudio, componiendo, aunque entendía que era en el escenario donde todo ese trabajo cobraba vida de verdad. ¿Dónde es más feliz “El Cigala”, en su estudio, en el escenario, tirado al sol en una playa? —No puedo continuar sin revelarles que algunas preguntas las llevo apuntadas en un cuaderno y las miro disimuladamente y las voy tachando con un boli a medida que las hago. Todavía no soy Hunter S. Thompson.

—En el escenario. Yo en el estudio me aburro en seguida, no es para mí. Yo no nací para componer, pero sí nací para rescatar. El flamenco ya está hecho, se trata de rescatar lo que dejaron los genios. El escenario, sin ninguna duda, mi territorio es el escenario, yo necesito el contacto con el público, es lo que me mantiene vivo. El día que yo deje de sentir la emoción del directo, esa ansiedad en el estómago antes de actuar, la magia insuperable cuando estás inspirado, la desesperación cuando las cosas no te salen…

—Tiene que ser algo muy adictivo…

—Hace unos meses me encontré con Morante de la Puebla en México después de una tarde en la que no pudo estar todo lo bien que le habría gustado y el hombre estaba deshecho, no había consuelo para él, sentado en un rincón, ahí, con su puro en la mano, y ¿sabes lo que me dijo?, me dijo: Diego, tú, cuando no has podido cantar, ¿puedes dormir? Y yo: Mira, Morante, yo cuando no puedo dormir me tomo dos pastillas, pero antes me voy de borrachera.

“Hace unos meses me encontré con Morante de la Puebla en México después de una tarde en la que no pudo estar todo lo bien que le habría gustado y el hombre estaba deshecho, no había consuelo para él, sentado en un rincón, ahí, con su puro en la mano, y ¿sabes lo que me dijo?, me dijo: Diego, tú, cuando no has podido cantar, ¿puedes dormir? Y yo: Mira, Morante, yo cuando no puedo dormir me tomo dos pastillas, pero antes me voy de borrachera”

 

—¿Eres muy crítico contigo mismo?

—Sí, muchísimo. Lo que pasa es que tampoco me gusta estar siempre perfecto, porque eso no sería arte, sería un robot —y aquí “El Cigala”, esta vez sin soltar ni un solo bostezo, me endiña un monólogo de exactamente catorce minutos y medio que zigzaguea entre lo que parecen los diez mandamientos del artista de primera fila y su idea particular del compromiso con la libertad creativa, y acaba desembocando en una confesión un tanto chisporroteante que me recuerda a los delirios de diván que anda siempre repitiendo el mencionado torero Morante de la Puebla—: Tengo rachas en las que tiendo a ser muy solitario. La soledad es un mundo interesante. La soledad cuando es buscada y sin pasarse de la raya, me refiero. A veces uno tiene que descansar la cabeza de los trajines con el público.

Un asunto curioso, el de la relación del artista con el público. La leyenda suele dar por cierto que Camarón, en los momentos previos a salir al escenario, no es que se pusiera más o menos nervioso, es que el pánico que sentía alcanzaba tintes de auténtico drama. Al parecer era un tímido patológico. Los neurólogos y psicólogos hablan de timidez invalidante, que en Estados Unidos está considerada como una de las primeras causas de alcoholismos y depresiones. “El Cigala” dice que él prefiere hablar en términos de respeto, más que de miedo, y, bueno, yo supongo que este tipo de cosas pertenece a un ámbito tan subjetivo que seguramente el único pánico —o ausencia del mismo— en relación con el público que una persona puede llegar a conocer en toda su dimensión, es el suyo, su propio pánico —o ausencia del mismo, digo—, pero viendo el descaro, incluso la chulería, con que se ha manejado desde muy joven este cantaor cuando actúa en público, a mí me cuesta creer que sepa lo que significa sentirse intimidado de verdad. De todos modos tendría que pasar más tiempo con él para poder hablar de esto con mayor fundamento.

Le cuento que yo la primera vez que le vi en un escenario fue en el año 2001, en un concierto de Vicente Amigo en el Palacio de Congresos de Madrid, al lado del Santiago Bernabéu —“El Cigala”, cuando era Dieguito, colaboró en un tema en el disco Ciudad de las ideas—, y le pregunto si volverán Vicente y él a hacer algo juntos algún día, y entonces se echa para atrás en su asiento y se queda un momento frotándose las barbas mientras me observa en silencio.

—A ti lo que pasa es que te mosquea que el colega se ponga a cantar.

—Pues sí, y mucho, no te voy a mentir.

—Y qué pasa, Paco de Lucía también cantaba a veces.

—A mí Paco de Lucía me encanta cómo cantaba. Cositas Buenas, esa soleá por bulerías… No me compares. Vicente canta fatal.

 

—¿A ti te gustó su último disco? —me pregunta finalmente. Se refiere a Tierra, que salió hace un año y pico y es una especie de incursión en la música celta que en general no cosechó grandes elogios por parte de la crítica especializada pero, en mi opinión, sí tenía un aire gracioso.

—Bueno —me encojo de hombros—, a mí es que Vicente, haga lo que haga, me gusta siempre. Soy muy fan, lo siento.

—Eso no puede ser. —“El Cigala” cruza las piernas y se pone serio, aunque es como si el tema le diera más pereza que otra cosa—. Vale que seas todo lo vicentero que tú quieras, pero no puedes dejar nunca de distinguir lo malo de lo bueno.

—A ti lo que pasa es que te mosquea que el colega se ponga a cantar.

—Pues sí, y mucho, no te voy a mentir.

—Y qué pasa, Paco de Lucía también cantaba a veces.

—A mí Paco de Lucía me encanta cómo cantaba. Cositas Buenas, esa soleá por bulerías… No me compares. Vicente canta fatal.

La verdad es que a mí Vicente Amigo también me resulta un moñas tremendo cuando canta pero, en mi calidad de fan incondicional suyo, me niego a admitirlo delante de “El Cigala”.

—Bueno —balbuceo—, es la manera que tiene él de ofrecer otro cachito más de su corazón, ¿no?, a mí me parece perfectamente honesto.

—No, eso no es honesto.

—Quiero decir —yo no me rindo, a muerte con Vicente—, él lo único que dice es: señores, así es cómo canto yo, bien o mal pero sin ningún truco sucio. Lo criticable habría sido, por ejemplo, que hubiera estrujado al límite los arreglos en la mesa de mezclas para hacerse pasar por la reencarnación de Camarón de la Isla.

—Eso que acabas de decir es una estupidez muy grande. No te equivoques, la honestidad es otra cosa. —“El Cigala” sabe demostrar que los conceptos básicos los tiene muy bien aprendidos, y por eso vuelve a insistir—: Vicente no tiene ni idea de cantar, es… Insoportable.

Le señalo mi pequeña grabadora profesional con la barbilla y le digo:

—Que luego voy a tener que poner todo esto por escrito.

—Ya, pero si no sabe cantar no sabe cantar.

—Entonces nos olvidamos de volver a veros juntos, ¿no?

—No, hombre —pone una sonrisilla ambigua—, a mí me encanta cómo toca, y somos amigos, nunca se sabe.

Pensaba preguntarle cómo están las cosas entre él y Javier Limón, que no sé hasta qué punto sería inapropiado señalar que fue quien le lanzó a la fama, después de todo algo tuvo que arrimar el hombro en los primeros discos de “El Cigala” el barbudo productor para que su nombre figure en los créditos, pero tengo entendido que aquello no terminó demasiado bien y, si me dice que Vicente Amigo es amigo suyo y le sacude semejante colleja, pues vete tú a saber por dónde sale si hurgo en supuestas heridas del pasado cuyo alcance real en el fondo desconozco porque al fin y al cabo a mí sólo me llegaron algunas ventiscas en forma de rumores posiblemente adulterados.

A lo largo de la conversación “El Cigala” dedica varias collejas más a gentes que con toda seguridad se las merecen, pero he decidido por mí mismo que esto no tiene ningún interés para ustedes.

Paco de Lucía siempre dijo que él habría preferido ser cantaor, Camarón de la Isla soñó con ser torero, ¿cantar fue la primera opción de “El Cigala”?

—Sí, yo siempre tuve muy claro que quería ser cantaor. Hombre, de pequeñito me gustaba mucho el fútbol, claro, veía un balón en la calle y me ponía a correr como un loco, pero luego oía una guitarra en la corrala y… Me metí muy pronto en el flamenco. —“El Cigala” a los 12 años ya ganaba premios con su garganta, pero esto también lo sabe todo el mundo. En realidad, si dejamos a un lado su nuevo trabajo discográfico, no hay nada nuevo que decir sobre este hombre, y, bueno, supongo que si alguien ha tenido el aguante de llegar leyendo hasta este punto es porque es un verdadero cigalero acérrimo de los que matarían por un mechón de su melena, de todos modos mi intención no era descubrir ninguna primicia periodísticamente hablando, sino más bien, como dijo Truman Capote sobre los retratos del fotógrafo Richard Avedon: perseguir el paso fugaz de una verdad. Perdón por la pomposidad, menos mal que ya voy terminando. Vuelvo con el blablablá de “El Cigala”—: Y un día les dije a mis padres que me iba a Londres y a los dos días les llamé desde Tokio. Hola, qué tal, cómo estás. Estoy bien, estoy en Tokio. ¿Qué dices? Estoy en Tokio… Y allí me quedé una temporada. Quería ser cantaor —y coge su teléfono móvil para enseñarme fotos de un tablao muy conocido que hay en Japón, pero se vuelve a acordar de que no le queda batería. Yo en algún lugar leí que los japoneses fuman debajo del extractor de humos de la cocina, pero esto tampoco viene a cuento.

—¿Qué se siente cuando eres consciente de que todo lo que tocas lo conviertes en oro?

Esta pregunta es un pequeño vacile en relación con el gusto de “El Cigala” por los brillos y se nota mucho que es otra de las que me traía preparadas desde casa, pero no quería terminar la entrevista sin hacérsela. A “El Cigala” no se le escapa el doble sentido y, en vez de responder, se coloca la colección de anillos y empieza a marcarse un ritmo cubano golpeando con los dedos en la mesa, y me mira de una manera tan directa que no sé si espera que me ponga a bailar o algo.

—Quiero decir —no tengo más remedio que reformular la pregunta porque este tío es capaz de tirarse así hasta la noche—: cuando un artista consigue llegar a lo más alto, ¿qué metas puede plantearse a partir de ahí?, ¿hay algún horizonte?

—Claro, seguir cantando hasta el último día. Igual que Juanito Valderrama.

—Pero, ¿hay algún sueño que te quede por cumplir o consideras que ya los has cumplido todos?

—Cantar en el Coliseo de Roma, ese es un sueño que tengo. —Ahora no sé si me está vacilando él a mí—. Pero dentro del Coliseo, no como Pavarotti, que cantó con el Coliseo detrás, de fondo, no, yo quiero cantar dentro. La Roma de los emperadores es un mundo que me apasiona.

Cantar en el Coliseo de Roma. No sé cómo pensará este hombre que se puede materializar tal cosa, porque si lo que quiere es dar allí un concierto en toda regla, con el correspondiente escenario y toda la parafernalia técnica y miles de personas presenciándolo y aplaudiendo y dando botes de emoción en sus asientos y tal, dudo que sea posible acondicionar el monumento para ayudarle a soportar la carga en términos arquitectónicos, pero si se refiere a colarse furtivamente él solo una noche por los aposentos subterráneos de los gladiadores y darle al tiri–ti–tran hasta que lleguen los guardias, entonces tampoco es un sueño tan difícil de cumplir.

“El Cigala” sigue contándome que se devora cada libro que cae en sus manos sobre el Imperio romano, lo que me da pie a preguntarle hasta qué punto le interesa la literatura y si tiene algún escritor favorito.

Gabriel García Márquez —y “El Cigala” recuerda para mí la última vez que le vio. No pone una cara de excesiva tristeza, pero quiero pensar que se siente agradecido al destino por haber tenido la oportunidad de conocerle. Al parecer el escritor ya estaba en la recta final—: Fue a saludarme al camerino y me dijo: “Cigala” he venido a escucharte cantar para ver si puedo seguir un poquito más, vivo. ¿Te das cuenta? Un poquito más… —“El Cigala” exagera la pausa y repite—: vivo.

Y mientras le da un repaso a la bibliografía del genio colombiano para que se vea que no habla por hablar, yo pienso en el talante inequívocamente gitano que tenía la famosa revolución ortográfica que se le ocurrió plantear al compi literato después de ganar el Nobel, lo de emplear las letras a gusto de cada cual.

En fin, llevamos hora y media de conversación y “El Cigala” parece que podría tirarse cascando sin parar hasta que viniera alguien a buscarle para su actuación del sábado en Alcalá de Henares. A mí se me ha acabado la botella de agua mineral hace un rato y tengo la garganta seca, él no ha introducido nada en su organismo en mi presencia, ni líquido ni sólido, y no ha ido al servicio en ningún momento ni ha dado muestras de agotamiento físico ni mental, porque los bostezos que se le hayan podido escapar me hago cargo de que tenían su origen en el aburrimiento lógico que supone tener que contestar una y otra vez a las mismas preguntas de siempre. Lo que me gustaría saber a mí es qué porcentaje de las cosas que me ha dicho iba en serio. A veces me ha dado la sensación de que me estaba soltando lo primero que le venía a la cabeza y no puedo dejar de sospechar que lo mismo a unos periodistas les cuenta una cosa y otros la contraria. Yo diría que “El Cigala” miente muy bien, y a mí me encanta la gente así, pero no termino de ver si realmente tiene algún criterio en cuanto al márketing. Le he preguntado por el retrato que ilustra la cubierta del disco y me ha dicho que eso y todo lo demás, hasta el último detalle, ha sido decisión suya, lo que me lleva a pensar que seguramente también se mostrará quisquilloso con los retratos que los periodistas y algún escritor insidioso puedan pintarle, pero, por mucho que yo no consiga imaginarme a Camarón de la Isla compartiendo plano y sutilezas con Santiago Segura o poniéndole voz a un personaje de Toy Story 3, eso no significa que ya tenga un argumento más o menos sólido para respaldar algún tipo de teoría al respecto. Al final no sé si tiene demasiado sentido la controversia de compatibilidades entre autenticidad artística y profesionalidad publicitaria que algunos tipejos blandengues tendemos a detectar en determinados artistas de fama contrastada. ¿El hecho de que Picasso fuese un fenomenal publicista de su propia obra le desacredita como artista? Bah, a quién le importa.

En toda entrevista a un personaje famoso hay siempre un misterio que queda sin resolver, y en ese sentido las mejores preguntas son las que al entrevistador ni siquiera se le ocurren o no se atreve a formular. A “El Cigala” quizá habría sido más oportuno preguntarle si ronca muy fuerte cuando duerme, si sabe programar el friegaplatos, cuántas horas dedica al día a consumir pornografía en Internet, si le gusta ayudar a sus hijos pequeños con los deberes del colegio, pero la charla ha ido desaguando por terrenos menos comprometidos, que es lo que suele pasar cuando el entrevistado tiene más mundo que el entrevistador. En los minutos de la basura nos hemos puesto a dar bandazos hablando de la última Champions del Real Madrid, de su amigo Pitingo, María Callas, el barroquismo de algunos boxeadores, los peligros de cierta actriz muy cachonda que protagoniza una de las series más pintorescas de nuestra televisión ibérica y que al parecer tiene loco a “El Cigala” y, por fin, sobre mujeres en general, que quizá sea el único asunto de verdad importante sobre el que pueden debatir juiciosamente dos hombres con propensión a la heterosexualidad y con el norte en su sitio.

Por ponerle algo más de contexto al retrato, la zona del vestíbulo donde nos encontramos “El Cigala” y yo, a la izquierda según se entra en el Hotel Paseo del Arte, está como a un metro y poco por debajo del nivel de la calle, y desde ahí hasta el techo la fachada está acristalada, de modo que si subimos los ojos podemos ver las piernas de las chicas que pasean por Atocha en minifalda. Toda nuestra charla ha estado interrumpida por breves momentos de silencio en los que el cantaor y yo mirábamos hacia la calle.

Le pregunto:

—¿Eres muy golfo tú? —intentando fingir que no sé la respuesta.

—Sí, muchísimo, me gusta mucho la picaresca —y se ríe. En sus ojos puede verse que en comparación con los artistas flamencos las estrellas del rock no son más que unos aficionados en lo que se refiere a vivir peligrosamente.

 

Y entonces “El Cigala” me mira muy fijamente y me dice:

—Alergia, ¿no?

Yo le veo venir, pero aún así contesto:

—Al polen de los olivos y las gramíneas.

—Tú lo que tienes es un resacón de puta madre, igual que yo.

 

Supongo que su mujer, y madre de sus hijos, ya le conocería de sobra antes de decidirse a ser su mujer y por eso llevan más de veinte años juntos y en armonía, y de hecho el cantaor no escatima en palabras bonitas hacia ella, pero el caso es que luego me hace un resumen de su noche de ayer, sin entrar en muchos detalles de tipo escabroso, y cuando me cuenta que estuvo hasta las mil de la madrugada en el Cardamomo y El Burladero (locales de esparcimiento nocturno situados en la acera derecha de la calle Echegaray) no puedo evitar pensar en las palabras de Jorge Camarlengo sobre campañas de promoción fatigosísimas, vuelos transoceánicos y los efectos del jet lag, lo que pasa es que, casualmente, yo ayer también estuve de expedición trasnochadora por esa zona y se lo digo a “El Cigala”:

—Anda, pues yo me fui de El Burladero cuando ya iban a cerrar —comento justo antes de apagar la grabadora—, así que no nos cruzaríamos de puro milagro, tuvo que ser cuestión de minutos.

Y entonces “El Cigala” me mira muy fijamente y me dice:

—Alergia, ¿no?

Yo le veo venir, pero aún así contesto:

—Al polen de los olivos y las gramíneas.

—Tú lo que tienes es un resacón de puta madre, igual que yo.

Se me escapa una carcajada como las de la periodista rubia de antes.

—Bueno, nadie dice que alergia y resaca sean cosas incompatibles… —y pongo la cara más modosita que me dejan mis ojeras mientras pienso para mis adentros que un golfo no puede pretender colársela a otro golfo. Ya no me conoce el Sol / porque yo duermo de día / la noche es mi gran amor / la luna es amiga mía, decía la coplilla.

Antes de despedirnos le pido que me eche una firmita en el disco y “El Cigala” me coge el boli.

—Lo mejor para cualquier problema de alergia es la buena música.

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