Señor Tomatito Sonrisas

Dicen que al guitarrista José Fernández Torres, Tomatito, no le gusta el metal de su voz, que le resulta tremendamente hosco, un vozarrón como de ogro malvado que le mete miedo a los niños por las noches al irse a dormir, que escucharse a sí mismo es algo que le provoca verdadero espanto y que por eso habla tan poquito. Bueno, aquí cada uno tiene sus motivos, habrá quien busque refugio en la guitarra para no tener que pulsarse las cuerdas vocales y habrá quien prefiera echar algo de belleza al mundo en forma de música porque al fin y al cabo las palabras tampoco tienen tanto que decir, pero el caso es que el pasado miércoles 11 de junio de 2014 tuve la suerte de presenciar uno de esos acontecimientos que se dan muy pocas veces en la vida y no lo olvidaré nunca: Tomatito habló.

El milagro tuvo lugar en Madrid (España), en la Sala Roja de los Teatros del Canal. Serían alrededor de las 20:30 horas. Tomatito acababa de tocar unas alegrías preciosas que a mí me sonaron a La Ardila pero vayan ustedes a saber —todavía no soy de esos flamencos eruditos que pueden identificar el origen de cada falseta—, y, después de la correspondiente ovación por parte del público, el artista se inclinó levemente en lo que desde mi localidad parecía una esbelta silla de enea con las maderas pintadas de negro, apuntó con su boca hacia el micrófono y entonces, tachán: dio las buenas noches. Fue increíble.

Y no quedó ahí la cosa, no señor, además dio las gracias a la gente por su asistencia y, muy sereno, sacando una voz espléndidamente modulada y de ningún modo desagradable, explicó que a continuación iba a tocar el tema Two Much, del disco Spain, que compuso hace algunos años con el pianista dominicano Michel Camilo, y que, con nuestro permiso, se lo iba a dedicar al gran genio de todas las épocas: Paco de Lucía. Fue el momento más íntimo y emocionante de la noche, con la guitarra desnuda de accesorios y goteando al infinito notas de auténtico amor, y un estremecimiento eléctrico se pudo notar en todo el teatro cuando Tomatito deslizó un pasaje de Entre dos aguas en mitad de la canción. Luego vino una nueva ovación y Tomatito lanzó un beso al cielo.

En total fueron dos horas intensísimas de función en las que Tomatito se quiso acompañar de sus hijos en el escenario, y fue muy curioso: mientras que José Israel Fernández, Tomatito hijo, daba la sensación de estar tan pancho, el tío, seguramente porque ir de segunda guitarra le viene ya muy pequeño, a su hermana Mª Ángeles se la veía como preocupada por la perfección entre quejío y quejío, los músculos de su carita guapa tenían esa expresión de seriedad reconcentrada que caracteriza al que se la está jugando ante el examinador. El público daba muestras de estar entusiasmado con la dulzura de su cante, pero ella no destensaba el gesto, no quería perder ni una gota de concentración, y eso que su señor padre también la miraba y sonreía como yo nunca le he visto sonreír en un escenario. Sonreír de verdad, me refiero, no esa pantomima de tracción de labios que a veces pone uno por compromiso. A mí la sonrisa de Tomatito me transmite una energía que sugiere mucha amabilidad, apuesto a que este hombre es capaz de llevarse bien con casi todo el mundo, o sea: no me da el perfil de divo maniático y siempre al borde del brote psicótico en cuanto la más mínima cosa no esté a su gusto. Una muestra: al principio del concierto, entre los dos primeros temas, hubo un momento en el que se oyó un leve pitido que se prolongó durante varios segundos y, bueno, era prácticamente inapreciable, sí, pero tocaba las narices a la hora de afinar las guitarras. Bien, pues Tomatito como si nada: sonrió a sus músicos, sonrió al público y sonriendo esperó a que el pitido desapareciera, y luego siguió sonriendo a la guitarra. Estaba tan a gusto que incluso presentó dos veces a su banda.

Y luego está la bailaora Paloma Fantova, que es una criaturita adorable y una fiera peligrosísima a la vez y, en fin, sepan ustedes que he tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano en forma de contención literaria para no dedicarle a ella sola toda esta reseña. Vamos, que me he vuelto a censurar a mí mismo una vez más para no parecer un cabestro incivilizado y chorreante de hormonas, lo cual puede que esté muy bien en lo que se refiere a evitar los reproches de las milicias feministas radicales, pero en términos estrictamente artísticos supone un desperdicio flagrante de inspiración, incluso una traición: cuando una musa en forma de bailaora te inspira cosas bonitas es muy poco gallardo inhibirse. Nuestro querido antepasado Francisco Umbral escribió en uno de sus diarios íntimos que la actriz Maribel Verdú le parecía el colmo de la sexualidad y que por eso él se obligaba a sí mismo a tratarla de usted, para que no le viera como un viejo verde. A mí la bailaora Paloma Fantova me parece el colmo de mis fantasías y si me hicieran un electrocardiograma mientras la veo bailar lo mismo rompía la máquina, pero lo diré de manera más o menos camuflada: no soporto tener que verla siempre desde la distancia y con gente alrededor y, sin embargo, ya estoy deseando volverla a ver. Si a Umbral autocensurarse no le sirvió de gran cosa con Maribel Verdú, ya ves tú lo que me va a servir a mí con Paloma Fantova.

Germán San Nicasio

Escritor

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