VICENTE AMIGO EN EL CARNEGIE HALL

 

Por Jake Shane

Fotografía: Yann Serrand

Asientos de terciopelo rojo, un techo de más de 32 metros de altura, muros blancos con filigrana de oro, una acústica inmejorable… es el Carnegie Hall, uno de los templos de la música—eso dijo el maestro Vicente Amigo el pasado viernes desde el centro del escenario, rodeado por Antonio “Añil” Fernández (segunda guitarra), Francisco “Paquito” González (percusión), Ewen Vernal (bajo), Rafael de Utrera (cante) y Antonio Molina “El Choro” (palmas y baile). Desde las primeras notas del concierto, que duraría dos horas, sabía bien que estaba ante el guitarrista más poético de nuestra época. Empezó como de costumbre, con la obra maestra “Callejón de la Luna,” echando falsetas de otras tarantas hasta que se transformó en la soleá “Tío Arango.” ¿Quién puede presumir hoy en día de tener un toque tan expresivo, tan visceral, un toque que atraviese a parte del corazón? Su toque puede cambiar el estado de ánimo tres veces en tres notas. Tal vez me sobrepasé con los piropos, pero bueno, así me siento, así me hace sentir el maestro.

Vicente se dirigió al público después del primer tema: «Con todas las cosas malas que pasan en el mundo, es un honor estar aquí». Rafael cantó la segunda canción, “Mensaje,” un fandango que aparece en el segundo disco de Vicente, «Vivencias Imaginadas». Había muy buen rollo entre los músicos, y hubo un momento especial durante el cuarto tema, “Un momento en el sonido,” cuando Vicente tocó con tanta sencillez, dejando respirar cada nota, que en el fondo se podía oír por las calles de Manhattan, una sirena zumbar en el tono como había sido planeado de antemano.

Interpretó varios temas de Tierra, incluso “Prologo y Epílogo,” “Estación Primavera,” (Ojalá que fuera, pero nevó por la mañana), y la canción que de nombre al disco. Después del séptimo tema mi novia que tiene 26 años me miró y me dijo: «Lo siento mi amor, pero te voy a dejar para estar con Vicente». Le contesto: ¿Por qué has tardado siete canciones en decidirte? Y dos temas después me pregunta: «¿Él mismo compuso todos estos temas?» -Si-. «No puede ser». -Si-. «¿De verdad?»

Después de una hora y media, “El Choro” se levantó por primera vez para demostrar su arte a Nueva York. Todos lo pasaron bien los siguientes diez minutos, sobre todo Vicente, que no paró de sonreír mientras bailaba Antonio. Su baile arrancó un aplauso casi más fuerte que el toque de Vicente—no exactamente por su brillantez, aunque bailó muy bien, sino porque cuando los estadounidenses piensan en el flamenco, tienen en mente el baile más que otra cosa-. El baile es lo que mejor se ha exportado del flamenco, quizá porque seamos una sociedad visual. Como prueba de esto, en el folleto de este festival flamenco anual el New York Times se refiere al festival como “uno de los eventos de baile más grande del año en Nueva York».

 Vicente introdujo el penúltimo tema de la noche, “Azules y Corinto”: Esta bulería sirve como el abrazo más grande, tocar aquí es un deseo cumplido, hemos pasado este rato bueno, muchas gracias por tanto… Otro a ti, maestro, lo pasamos bomba, y el gusto es nuestro.

Después de hacerle la reverencia al público, Vicente colocó la mano encima del corazón de cada músico en el escenario, sopló algunos besos y salió de la sala en medio de un aplauso inmenso. Después de un minuto volvió al escenario con su conjunto para tocar un último tema, “Roma,” las notas sonando cada vez más suavemente, hasta que desaparecieron entre los gritos de aprobación del público, dejando muy claro que su música viene desde él y llega al fondo del espíritu humano.

@jakeshanemusic

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