Dios bendiga a Vicente Amigo

Soy una grupi de Vicente Amigo. Intento llevarlo con la mayor naturalidad que puedo pero toda mi vida gira en torno a esta circunstancia: mi principal ocupación es contar los días que faltan para que este hombre venga a mi ciudad a llenarme el depósito de la felicidad con la gasolina de su música, me paso los insomnios escuchando sus discos una y otra vez —los tengo todos, sin pirateos— y siempre fantaseo con la idea de colarme en su camerino y, por esa fuerza interior que nos iguala a todas las grupis en nuestros aspectos más elementales, acabo de empezar una terapia nueva para curarme de mi fobia a las agujas y poder tatuarme por fin su autógrafo en mi pectoral izquierdo. Los pusilánimes dirán que mi simpatía extrema por el desvarío se escribe groupie. Da igual, entre Vicente Amigo y su guitarra y nosotras las grupis no hay lugar para melindres gramaticales ni de ningún otro tipo.

Y es que en un mundo saturado de histerismos y tosquedades ofuscadas, la música en directo, como acto de comunicación entre un ser humano y otro, es uno de los pocos espacios íntimos que quedan, quizá el último, donde una auténtica grupi puede a día de hoy sentirse verdaderamente correspondida. Hoy, 21 de octubre de 2014, martes, Vicente Amigo ha actuado en el Teatro de la Zarzuela, Madrid. Ha sido pura magia.

Camisa blanca remangada por los codos y chaleco negro. Nuestro genio se ha dejado perilla y braquets. Su aspecto es sencillamente majestuoso: un león con una guitarra. Hace un pequeño gesto de cortesía desde el centro del escenario para corresponder a la primera ovación de la noche y se sienta. Silencio. Por mí podría quedarse ahí todo el rato sin hacer nada, me basta con la energía que me transmite su persona para dar por bien empleado el dinero de la entrada, pero entonces se pone a acariciar esa zona erógena llena de terminaciones nerviosas que es la boca de una guitarra y mis fantasías se hacen realidad. Empieza con su consabido Callejón de la luna a modo de agasajo preliminar, luego un recorrido por su discografía: Mensaje, Tangos del arco bajo, Autorretrato, luego se ha cascado casi entero su último disco hasta la fecha, Tierra, que da título al espectáculo, con otro par de incursiones más o menos añejas: Bolero del amigo, Un momento en el sonido, para terminar por bulerías, Azules y corinto, y luego el bis de regalo yo juraría que ha sido el tema del video aquel tan bucólico y pastoril que dirigió la guionista de cine y ex–líder político y subcampeona del premio Planeta de novela señora Ángeles González–Sinde. Yo los temas del último disco es que no los distingo del todo bien, no siempre es compatible erudición y fanatismo en una grupi. Total: dos horas intensísimas con mi ídolo empleándose al máximo y el público extasiado.

El resto de la banda también ha dado la talla. En la percusión estaba Paquito González y al cante Rafael de Utrera (hoy Vicente no ha querido cantar). Respecto a los demás músicos: violín, flauta, segunda guitarra y bajo, me van a tener que perdonar pero no me he quedado con sus nombres y no me pidan que me sobreponga a mi desidia profesional a estas horas de la madrugada. Si alguien tiene curiosidad seguro que sabrá cómo informarse en Google.

Por lo demás, Vicente Amigo ha dedicado su actuación a Paco de Lucía, y no sé hasta qué punto será en este momento impertinente o no la pregunta: ¿habrá pelea de gallos entre aspirantes al trono o habrá propensión a la mandanga? ¡Ahí te quiero ver, Vicente, a por ellos! En cualquier caso, aunque no lo diga el tiempo, lo dice el corazón mío, y, participando de esa entrañable enajenación mental que toda grupi padece, sepan ustedes que hoy cada nota que ha incendiado el Teatro de la Zarzuela ha sido especialmente inventada para mí, cada caricia que ha regalado el guitarrista a su instrumento, cada resoplido, cada palpitación, todo el concierto ha sido una celebración de mi felicidad en exclusiva. Al terminar, Vicente ha despedido a sus músicos uno por uno con su clásica palmada en el pecho y un beso en la mejilla, y yo, como cada vez que resucito de la pequeña muerte de turno, me he echado el cigarrillo de después y me he venido para casa flotando, feliz de la vida, con esa sonrisilla de satisfacción que sólo te proporcionan las experiencias placenteras irrepetibles y encantado de poder afirmar que soy una grupi satisfecha y agradecida.

En fin, en la música se deciden las cosas importantes que pasan en el corazón de los seres humanos, esto lo sabe cualquiera que tenga ritmo cardíaco. Por eso, si los sentimientos son las señales meteorológicas interiores que nos avisan de nuestra situación y nos azuzan para tomar medidas, la solución es siempre la música. Y por eso la guitarra de Vicente Amigo es mi poción mágica infalible. Si tengo el día gris o melancólico en seguida sé que necesito una dosis de Vicente Amigo. Si estoy alegre y quiero experimentar mi alegría en toda su intensidad, Vicente Amigo me resulta imprescindible. Incluso si me hace falta un suplemento extra de energía para satisfacer a mis grupis, pongo a Vicente Amigo a tope, apago la luz y pin–pan. Porque, bueno, algunas grupis afortunadas también tenemos nuestras propias grupis que nos dan apoyo y calor de manera incondicional, y las grupis de mis grupis son también mis grupis. Dicho esto, Dios sabe que yo soy una grupi de las de antes: fidelidad absoluta. Podré conocer bíblicamente a miles de estrellas del rock en lo que me quede de vida pero no lo dudes ni por un momento, Vicente, mi corazón siempre será tuyo. Gracias por el buen rato, vuelve pronto por aquí. Dios te guarde muchos años, amigo.

Germán San Nicasio

Escritor

Fotos: Archivo

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