Memoria de los Sentidos, de Vicente Amigo

Por Pablo San Nicasio Ramos. @pablosannicasio

Va superándose disco a disco el revuelo, debate y polémica que rodea al último Vicente Amigo. El de diez años acá, más o menos. Algo que no sería mala señal realmente, si muchos profesionales no discreparan tanto de lo que el entorno del maestro vende y parte del público acepta como bueno. Parece que, de entrada, con esta última entrega las posturas cada vez parecen más claras y enconadas.

Vicente Amigo, ese guitarrista genial y privilegiado capaz de levantar carreras de otros artistas, crear el pelotazo del bareto cañí y, sobre todo, componer obras que son himnos para el gremio guitarrístico más exigente. Ese es Vicente. Sin embargo de esto último, visto lo visto, cada vez menos.

Como cada cuatro años, con una puntualidad digna de la FIFA y de los contratos discográficos al uso, llega hasta nuestros oídos “Memoria de los Sentidos”. Álbum pergeñado en lo que “Tierra” era llevado al directo con una solvencia más que notable. Y, aunque aquel trabajo nos pareció irregular pese a lo prometedor del concepto, nada hacía presagiar que se interrumpiría la senda de esos buenísimos recitales para poner sobre la mesa un puñado de temitas donde el cante y el “tiro hecho” son los que mandan.

Pero era el momento. O eso pensaba el maestro, o eso le hicieron pensar. Así que en “Memoria de los Sentidos” hay un claro recuerdo a lo que fue el esquema e intenciones de “Paseo de Gracia”. No ha habido tiempo para más. Lo que sucede es que ahora ni siquiera hay novedad en la decepción para los guitarristas. Incluso alguno lo veía venir.

Ciertamente parece como si el maestro Vicente Amigo hubiera definitivamente descuidado su faceta creadora a tiempo completo, en favor de cierta licencia a sus deberes contractuales, búsqueda de rentabilidad en equipo y comodidad. Algo que realmente no es tal si de hacer una carrera modélica se trata. Sobre todo si tenemos en cuenta cómo están las discográficas y lo que reporta al final al artista semejante traición a sus inicios y bien merecido prestigio. Y si no, ¿qué guitarrista se acuerda de “Paseo de Gracia” o de la mitad de los temas de sus discos anterior y posterior a ese de 2009?

Lo grave del asunto no es que discrepemos de vez en cuando, últimamente casi siempre, con lo que oímos en los nuevos discos del maestro. Quizá lo grave es que frente a eso, surge impasible la corriente vedettista y grouppie que alaba hasta su rol como cantaor. Estando en perfecta forma mental y física para tocar, Vicente Amigo no es capaz de llegar a las cotas creadoras (sí ejecutantes) que se esperan de él. Quizá sea ese realmente el doble fallo del gremio: aventurar de un ser humano lo que sólo está al alcance de los verdaderos dioses y a la vez adularle sin conocimiento. Ambas actitudes acaban haciéndole un flaco favor.

Todo este discurso se fundamenta en las sensaciones que producen las repetidas escuchas de este, como decimos “Memoria de los Sentidos”. Vendido por su entorno como “el disco más flamenco” del maestro sin reparar, volvemos a ello, en el perjuicio que se hace a la afición y al propio maestro con autoengaños tales. Si se afirma que este es el disco más flamenco de una carrera que comenzó con el histórico “De mi Corazón al Aire” es porque los que dirigen la carrera del sevillano-cordobés están desesperadamente dando palos de ciego para atraer clientela. ¿Qué necesidad?

Y sí, está clarísimo que muy pocos guitarristas hacen lo que despliega el de Guadalcanal en cualquier directo o disco, por repetido que esté. Pero esto tampoco niega el derecho a la opinión de la gente. Digo.

“Amoralí” bien podría incluirse en el disco que, nos cuentan, han ideado Amigo y  el cantaor “Potito”. Seguramente un trabajo que le reporte la fama y el trabajo al segundo, por obra y gracia de este “rey Midas” del flamenco y resurrector de cantaores en horas bajas. Pero este álbum era el del guitarrista, y no nos parece que estos tangos-rumba estén a la altura de un abanderado del toque. Por mucho picado que se destape de vez en cuando.

Las bulerías “Guadamecí” son un concepto calcado a los “Ojos de la Alhambra” que se parieron en el disco del año 2000. Solo que aquí no hay introducción ni la voz de Khaled. El resto, ya lo han oído. Y aquella pieza sonaba, y lo sigue haciendo, mucho más fresca y flamenca.

“La Fragua” se lleva por seguiriyas casi doce minutos de disco. Pero no, no estamos ante las composiciones “made in Vicente” deslumbrantes, tipo “Río de la Seda” en las que el tiempo pasa volando. No. Aquí el núcleo interesante, de ideas, falsetas, conceptos, se nos reduce a los tres minutos que van del tercero al sexto.

Salvo eso, que puede ser germen de algo bueno si se profundiza y baja el metrónomo, lo demás va demasiado rápido (Diego del Morao, él solito, con su “Pago de la Serrana” sí es capaz de decir algo por seguiriya a esta velocidad), con un cajón que quita esencia y flamencura a un estilo que no admite bien esas percusiones y que hace que todo vuelva a parecer una bulería con el acento cambiado.

Buen apunte de “El Pele”. Cantaor único que aquí ayuda a levantar algo la moral de la tropa.

Encontramos mejoría en las bulerías “Puente de los Orfebres”, con cierto criterio estructural y una bonita pincelada de Farruquito. Aún así nos sobra minutaje, sería bueno saber por qué pasa tanto en los temas de este disco. Nunca fue Vicente Amigo especialmente repetitivo, siempre supo medir bien los tiempos.

“Sevilla” es la soleá del disco. Recuerda en cierta medida a “Córdoba”, pero aún así es un buen toque. Un salvavidas para Vicente Amigo. Guitarrista que no marca un nuevo rumbo por soleá, pero que añade un puñado de falsetones a un estilo que se le da bien. Hay profundidad en esta pista y material que cualquier guitarrista salvaría de la quema. Bajando el metrónomo, de nuevo, pero casi eso es lo de menos.

Muy libres y anárquicas son las alegrías “Plaza de las Sirenas” con el cantaor Pepe de Pura, sin embargo tienen pasajes muy bellos y son de los pocos toques en los que hay algo de material verdaderamente “nuevo” en su forma de solucionar un estilo flamenco.

Cuando se nos avanzaban ideas de “Memoria de los Sentidos”, meses antes de su salida al mercado, uno de los señuelos era la incursión de Vicente Amigo en el estilo de los tientos. Hasta ahora inexplorados por él, por lo menos que supiéramos. Y, ciertamente, esta es una de las grandes decepciones del álbum.  Nada que ver con sus avanzadillas por farruca, tanquillos, zapateado, fandangos, taranta… la respuesta a todo es realmente una pregunta: ¿alguien va a buscar desesperadamente, después de escucharlos, la partitura de estos tientos? Pieza en la que escuchamos guiños y ecos de la farruca  “Silia y el Tiempo” y a la que le sobran minutos. El precioso cante de Miguel Poveda ayuda mucho a maquillar un resultado final que, repetimos, no invita a la reproducción reiterada de la pista.

De nuevo por bulerías, “Las Cuatro Lunas”, homenaje a Alejandro Talavante. Otro torero que se lleva los parabienes y las loas de un guitarrista sin complejos taurinos. Bien. Nos extraña mucho, puestos a escribir de toros, que Morante no haya nunca sido objeto del piropo vicentero. Habrá que indagar. No obstante, y a pesar de ser un toque sin mayor historia, nos encanta la intervención de Pedro “el Granaíno” y su maravilloso metal cantaor.

Cerramos el recorrido con “Réquiem”. Recuerdo a Paco de Lucía. Lo sabíamos y muchos fuimos de cabeza a él. De hecho empezamos la escucha del álbum por el final del disco. Teníamos muy fresca la imagen de Vicente roto de dolor llevando el féretro de su ídolo… nos imaginábamos una obra a la altura… un monumento a la guitarra, a los recuerdos, a lo que fue Paco…

El inicio y final con redoble de campanas, con un toque similar para abrir a aquella “Cueva del Gato” (una rondeña como tiene que ser)… pero todo se olvida cuando empieza cantando el guitarrista y luego, uno tras otro, Niña Pastori, Arcángel, Poveda, Rafa de Utrera, Pedro el Granaíno… los profesionales del cante haciéndolo muy bien pero reiterándose en una fórmula que quiere ser oración y teorema para todos los practicantes del flamenco y que, al final, acaba siendo excesivamente largo. La pieza de despedida a Paco de Lucía, sin ser deslumbrante ni mucho menos, desprende poca guitarra pero mucha emoción, exquisito quejío y una sana intención. Quizá, seguro más bien, nos estemos agarrando a un clavo ardiendo.

Si Vicente bajara a la tierra un año de estos, volviera a conceder entrevistas como Dios manda en lugar de ramplonas notas de prensa y toda la crítica especializada estuviera en su órbita de interlocutores, mi primera pregunta, lo reitero, sería esta: ¿Qué necesidad, maestro?

@chalauracom

 

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