Las grandes verdades de la vida de Rafael Riqueni

 

Fotografía: David Reguero

El viernes 13 de mayo (2016) fui por primera vez en mi vida a un concierto del guitarrista Rafael Riqueni, y me gustó mucho. Hacía tiempo que tenía yo ganas de verle tocar, pero, unas veces porque uno prefiere irse en busca de abismos, otras porque los abismos vienen solos, no acabábamos de sincronizar nuestras agendas, y se estaba apoderando de mí una ansiedad rara, como si temiese perdérmelo para siempre. Hay artistas que, con independencia de su juventud, salud o furor creativo, nunca se sabe si su actuación de hoy va a ser la última, y Riqueni, por todo lo que me habían contado sobre él, me parecía que encajaba en este perfil. Cumplí mi deseo de verle, pero esperemos que quede Rafael para rato. Me gustaría repetir muchas veces.

Esto fue en la sala García Lorca de Casa Patas, bajo la coordinación de Antonio Benamargo. Mientras llegaba la hora de inicio, le eché un vistazo a la trayectoria artística del guitarrista, que venía escrupulosamente redactada en una cuartilla que recogí a la entrada, y luego he ampliado esta información con lo que cuenta el propio Riqueni en el libro «Contra las Cuerdas. Maestros de la Guitarra Flamenca en la intimidad de la entrevista«, volumen 2, de Pablo San Nicasio (Óscar Herrero Ediciones, 2014); y perdón por la consanguinidad del autobombo.

Rafael Riqueni del Canto nació en la calle Fabié, barrio de Triana, Sevilla, el 16 de agosto de 1962. Fue alumno de Manolo Sanlúcar, ganó el concurso de Córdoba con 14 años y el de Jerez con 15, y a partir de ahí se convirtió en una figura de la guitarra. Trabajó con muchos de los grandes, entre otros: Rocío Jurado, Isabel Pantoja, María Jiménez, Martirio, Enrique Morente y Carmen Linares, que el viernes estaba entre el público de Casa Patas. Sin embargo —me van a permitir que esto lo copie y lo pegue directamente—: «Lo más destacado de su carrera lo ha realizado en solitario, en su faceta de concertista. Es un músico rompedor, mágico, de una imaginación fuera de lo normal y que ha abierto para el flamenco un nuevo camino armónico y conceptual. Muchas de sus composiciones nos recuerdan a los pasajes más bellos de Albéniz o Turina, y en esta línea está la Suite Sevilla (JMS, 1993), que grabó junto al excelente guitarrista clásico José María Gallardo».

Le han dado premios importantes, como el Nacional de la Crítica y la Medalla de Oro de Andalucía, aunque el verdadero premio es todo lo bueno que hablan sobre él los que le han visto tocar y saben de guitarra. Dice el activista flamenco José Manuel Gamboa: «Riqueni es una persona que te cuenta su vida en cada falseta», y es una manera inmejorable de resumir en una frase lo que vi yo el viernes.

Eran poco más de las 22.30 cuando Rafael Riqueni saludaba al público que abarrotaba la sala García Lorca de Casa Patas. Se sentó en la clásica silla de enea y empezó a tocar. El concepto no podía contener más pureza, ni equipo de sonido había. Riqueni y su guitarra, punto. Arrancó con una taranta, siguió por soleá, luego una rondeña que dedicó a su hijo y cerró la primera parte del recital con una soleá por bulerías. Tras el descanso volvió con un fandango que, según me informó mi vecino de asiento (mi hermano), estaba compuesto en honor al guitarrista Niño Miguel, amigo de Riqueni y explorador de abismos parecidos. Luego interpretó la granaína Reflejo de Luna, de Paco de Lucía, y luego Romero Verde, las bulerías de Lole y Manuel, que Rafael dedicó con todo su sentimiento a su amigo Manuel Molina. El vis de regalo fue una canción de amor que vino a abrochar de manera delicadísima la noche, y el público se puso en pie para agradecerle el buen rato con una gran ovación. Me gustó tanto que no me quiero quedar sin hacerles esta recomendación: vayan a verle si tienen ustedes la oportunidad.

El concierto tuvo un pequeño momento gracioso que no por anecdótico resulta menos representativo de lo que es este guitarrista. Riqueni había empezado a tocar la segunda pieza del recital, la soleá, cuando de pronto se paró en seco y dijo:

—Me vais a disculpar, pero tengo mal puesta la cejilla.

Se había dado cuenta de que ese adminículo llamado cejilla no pisaba las cuerdas a su gusto. Ajustó la cejilla y volvió a empezar desde el principio la soleá.

Pudo haber seguido hasta el final con la cejilla desajustada, y lo más seguro es que nadie hubiera notado la diferencia, pero prefirió no disimular la incomodidad que esa circunstancia le causaba. También podría pensarse que se paró en mitad del tema porque estaba en una sala pequeña, casi en familia, pero yo tengo para mí el convencimiento de que si hubiese estado en el Teatro Real habría hecho lo mismo. Por lo que pude notar, en el caso de este hombre no se trata de honestidad ni de cualquier otra impostura autoimpuesta, es una cuestión de verdadera inocencia.

Los artistas, al principio de sus carreras, nunca piensan en carreras. A lo único que aspiran es a ser felices emulando a sus ídolos, sin otra finalidad que el puro homenaje. Esa pulsión infantil de querer hacer algo porque se lo has visto hacer a alguien a quien admiras. Todo esto lo suele ensuciar después la vida con cosas como vanidad, fama, dinero, muy legítimo también, sí, pero siempre, siempre tóxico. Creo que Riqueni, probablemente sin pretenderlo, ha sido capaz de mantener limpio su amor por la guitarra. Ni siquiera necesita fingir que no le gusta gustar, de hecho, apuesto a que ni se le pasa por la cabeza que algo así se pueda fingir. Le gusta gustar, no por engreimiento, sino por generosidad, y lo muestra con la naturalidad que da la inocencia. Por lo demás, si el genio es elegirse genial y acertar, que decía Julio Cortázar en Rayuela, Rafael Riqueni se eligió genio de la guitarra y acertó.

 

Germán San Nicasio

Escritor

Deja una respuesta

Your email address will not be published. Required fields are marked *