«El arte se demuestra andando»

El bailaor Eduardo Guerrero (Cádiz 1983) es uno de los más interesantes artistas del panorama flamenco actual. Bailó en compañías como la de Eva Yerbabuena y Rocío Molina y posee muchos premios, como el Desplante en la Unión. Es un modelo solicitado en la Fashion Week de Madrid y tiene un encanto especial. Un ave del paraíso. En su nueva obra solista «Guerrero“ se centra en su relación con las mujeres. Es una guerra también, pero una guerra de sentimientos.

Está de enhorabuena, se acaba de llevar el premio del público en el Festival de Jerez.

Por Susanne Zellinger

Fotografías: Félix Vázquez y Alain Scherer


Cuando te miras en el espejo, ¿qué ves?

«Cuando me observo en el espejo me gusta comprobar que siempre hay una estética. Que siempre se ven unas lineas bonitas. No me descubro a mí como persona. Si no que descubro – para mí por lo menos – al artista. Lo que quiero ver y que luego se vea en la escena. Realmente el espejo es tan bueno, pero a la vez también muy malo. Cuando desaparece el espejo también te das cuenta de que existe otro mundo, y es el de sentir. Porque cuando trabajas sin el espejo, sientes de diferente manera que cuando  solo observas. A mí hay muchas veces que me gusta correr la cortina y cerrar el espejo para sentir el movimiento, para sentir lo que realmente no solo veo, sino también lo que siento cuando bailo. Que a veces se me olvida».

Tú tienes una estética muy especial, muy tuya. La forma de llevar el pelo, estos zapatos azules…

 «No soy una persona clásica. A mí ahora me gusta mi pelo recogido, porque siempre he llevado el pelo largo. Para mí, para la clase, lo más cómodo es cogerme el moño. Mi primer montaje con Rocío, Rocío Molina, ella no quería que me soltara el pelo, porque le gustaba mi estética con el moño. Y luego, sobre los zapatos y esas cosas, yo es que soy muy arriesgado, ¡no le tengo miedo a nada! Será que confío tanto en lo que hago, lo que me gusta, que no me dejo llevar por algo que me digan. Y es verdad que todo el mundo me dice: tú es que te pones cualquier cosa, ¡y cualquier cosa te cae bien!

Lo veo natural. En mi primer viaje a Japón me enamoré de los japoneses ¡porque llevaban bolso! ¡Me encantaban! Y yo en España ya voy a todas partes con bolso. Ahora es una moda aquí también. Son cosas que te llaman la atención y te gustan. Y como yo siempre digo: que el artista siempre se puede vestir y estar a la última en cualquier sitio, sepa o no sepa, mientras sea artista».

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¿Cómo eras de niño?

«Yo era un niño muy inquieto, muy travieso. Era el más chico de mis hermanos.

Mi madre sólo quería tener un niño. Luego quiso buscar una niña y al final fuimos tres varones. Soy el único que me dedico al arte. En mi casa nadie canta, nadie baila, ni toca la guitarra,… ¡nada! En mi casa no se hace nada de arte. Son muy deportistas, todo el mundo. Mi hermano es jugador de fútbol de élite. Mi padre tiene su empresa y mi otro hermano trabaja en ella.

Todo el mundo pregunta: vamos a ir a tu casa en Navidad, o en fin de año, que se tiene que formar una buena… Y yo digo: ¡a mí casa no vengáis! (risas) A mi casa no vengáis que en mi casa ¡no hay juerga! (más risas) Lo que todo el mundo se piensa que en mi casa se va a formar el jaleo de la palmas, de cantar… En mi casa no hay nada de eso. Es verdad que yo era una niño muy revoltoso, pero porque era también el más chico. Yo tengo mucho carácter, de siempre, tenía las ideas muy claras. Una cosa es que tengas las cosas claras y otra es que seas rebelde, ¿no? A mí si algo no me gustaba, decía que no me gustaba y punto. No intentaba quedar bien. A mí no me gustaba el fútbol y no iba a jugar al fútbol. Y mis hermanos ¡eran futbolistas! Yo quería ir a bailar… ¡pues a bailar! Pero por mi forma de ser cabezota, digo yo».

¿Sigues viviendo en Cádiz?

«Yo viví mi niñez en Cádiz y sigo viviendo allí. Enamorado de Cádiz. Yo solo me he ido tres años, en los que me fui a Madrid, con dieciocho, diecinueve y veinte, a la compañía de Aida Gómez. Me cogieron en la compañía andaluza y mis padres querían que entrara en ella, porque era un sueldo e iba a estar bien. Yo en los tiempos que vivía, para mí Madrid era el estrellato. En mi época, Madrid lo era todo. Era llegar a Madrid e ibas a ser una estrella, porque todo el mundo salía de Madrid. Era mi ilusión.

Pero si no, yo en mi tierra estoy encantado, tengo allí mi estudio, mucha de mi vida, casi toda».

Y tienes trato con los artistas de allí, de Cádiz?

«Claro, yo soy muy amigo de David Palomar. He trabajado en espectáculos con él y también tengo mucha relación con su mujer Anabel Rivera, la llevo en el último espectáculo, «Guerrero“. Anabel, Samara y Sandra, esas tres gaditanas de arte».

¿De qué va este espectáculo?

«Sobre el proceso que fue mi relación, en diferentes estados, con las mujeres: la mujer amiga, la mujer madre, la mujer amante, la mujer novia… Todo ese proceso. Las mujeres que siempre he tenido en mi trabajo: siempre he tenido a Eva, siempre he tenido a Aida Gómez, siempre he tenido a Rocío Molina, siempre he tenida a muchas mujeres, que han dirigido mi carrera. Era una poco como hablar sobre mi relación con ellas. Eso, y el hecho de que fueran tres cantaoras, y de que cada una no fuera solo un personaje: el personaje madre o el personaje amante… , si no que cada una representara a la mujer. Que para mí, la mujer ¡es la mujer! La mujer es la que nos da la vida, y es lo más importante que tenemos, porque si no no estaríamos vivos».

¿Por qué se llama “Guerrero”?

«Porque es una guerra de sentimientos. El título es un juego de palabras. Todo el mundo piensa que es una guerra con la mujer: una lucha, un maltrato, un enfrentamiento. No hay ningún enfrentamiento. El Guerrero soy yo, es mi apellido. Yo y las mujeres. Es un diálogo. Es una guerra, pero de sentimiento.

El hombre que juega con ellas. Porque es verdad, que hay un juego, hay diversión, hay sentimiento, hay nana, hay saeta, hay seguiriya. Convives con las mujeres, y yo tengo muchas muchas amigas mujeres. Tengo mucha mejor relación con amigas que con amigos».

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¿Cuál es tu relación con Rocío Molina? Habéis hecho este trabajo maravilloso que es «Bosque Ardora», ¿cómo fue eso?

«Yo es que con Rocío… nos conocemos desde hace muchos años. Entonces éramos los dos muy chicos y hemos pasado muchas cosas juntos. Hemos tenido muchas relaciones que no se han llevado a cabo. Etapas de locura, de ser muy locos y jóvenes. Hemos tenido éxitos, hemos tenido fracasos. Hemos vivido muchas cosas. Y al fin y al cabo, luego llevarlo a la escena no nos suponía una cosa difícil, ni complicada, porque nos conocíamos tan bien que no nos daba vergüenza hacer el ridículo el uno con el otro. ¡Ni tocarnos! Que hemos dormido, nos hemos duchado, hemos respirado, hemos hecho de todo juntos. Eso te da una libertad, que cuando ese espectáculo se trabaja, se hace a partir de la improvisación. Yo nunca había hecho improvisaciones. Ella había hecho muchas. Entonces llegamos al acuerdo de que ni yo ni ella podríamos zapatear. Solo teníamos que intentar divertirnos. Ni éramos animales, ni éramos personas. Solo con movimiento. Vamos a divertirnos. Y entonces ahí empezamos el trabajo de poder elaborar un pasado que fuera un apareamiento entre animales, y una relación entre humanos, pero que no fuera un pasado bonito, si no que fueran cosas que te hicieran gracia, cosas que te divirtieran. Que jugara ella con él, él con ella. Que la cogiera con deseo, pero que ella no quisiera. Todo eso, al fin y al cabo, lo exponíamos verbalmente. Pero luego era muy complicado llevarlo a la escena. ¡Los dos estábamos tan libres! ya te digo que somos amigos íntimos. Nos conocemos de “pe a pa”. Sabemos cuando el uno está mal, cuando el otro está bien.

Yo por ejemplo eso lo he escuchado de Pina, con la gente que trabaja: que prefería mantener una buena relación a una relación artística, porque podía sacar mucho más partido de la persona que del artista.

A mí me encanta Pina Bausch. Soy admirador. Entramos a través de Eva. Tuve la suerte de estar sentado con ella, de observarla, de saber como se movía, qué calidad a la hora de coger un cigarro. Pero es que solo verla sentada era danza».

Entonces tu ibas con Eva Yerbabuena

 «Yo iba con Eva, y estaban juntas las dos. Entonces la observaba y decía: ¡pero es que es verdad! es que esta mujer solo se apoya en una pared y su imagen es perfecta! por su pecho hundido, su pelo, su nariz … no sé, existía mucha armonía. Por eso era Pina Bausch.

No hay que pensar en más ni hay que darle más vuelta, es que el arte se demuestra andando».

«Aunque no queramos darnos cuenta, es como una partida de ajedrez. Hay quien nos mueve y hay quien se mueve. Hay quien te come, y hay quien se deja comer»

Tú perteneces a una nueva generación de bailaores. ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿Cuál es el cambio más significativo entre vosotros y la generación anterior?

«A nosotros se nos tacha de flamencos contemporáneos, cuando ya los contemporáneos eran ellos. Pero no eran capaces de hacerlo por la situación en la que se encontraban, el público que iba al teatro no es el público que va ahora. Antes el que iba al teatro era porque podía, y tenía una clase social. Y lo que quería ver era lo que tenías que hacer. Nosotros ahora hacemos lo que queremos, porque no tenemos espacio, ni nadie nos lo da, si no que nosotros reivindicamos el nuestro. Pues al reivindicarlo hacemos lo que nosotros queremos. Y el público de ahora que va a verlo lo entiende, porque no está tan presionado a nada, es libre. Están libres de pensamiento y de actitud, de forma, de condición sexual, de poder hablar, cosa que antes no. O sí, o no. O rojo, o blanco. O azul, o verde. Nunca te dejaban expresarte de otra manera que tú sintieras, si no que tenías que hacer lo que ese público pagaba, lo que ese General quisiera que se hiciera, y eso era duro. Era duro para el ciudadano, ¡imagínate para el artista! Entonces para nosotros… Para mí Carmen Mora es una contemporánea, y nunca la dejaron ponerse en ningún sitio de Jazz, hasta que llegó Belén. Pero ¿de dónde venía Belén? De su padre. Pero Belén ya vivió otra historia, no la que su madre tenía que vivir. Si a ella la hubieran dejado desorientada, pues sí. A Eva le pasó igual. Con Rocío ya era totalmente diferente. Ya estaba todo colocado y ella solo tenía que andar. Aunque no queramos darnos cuenta, es como una partida de ajedrez. Hay quien nos mueve y hay quien se mueve. Hay quien te come, y hay quien se deja comer. Hay para todos los gustos. Por eso yo pienso que la partida de ajedrez en el arte es esa: ir mirando en los cuadrados y que nadie te mueva tu ficha. En el momento en que tú veas que alguien te quiere mover, pierdes lo que tú eres, o lo que quieres ser, o a lo que te quieres dedicar, que es para mí lo más importante en el arte. Por eso ahora mismo hay muchos artistas que son libres y que en el escenario se presentan como libres . Y ahí lo tenemos, tenemos a Israel, ¡es libre! Aunque haya gente a la que no le guste, pero hay mucha gente a la que sí. A Rocío igual, porque hacen y construyen desde su libertad.

Pero tampoco hay las mismas oportunidades para todos. Si fuera así yo creo que habría mucho más, porque se vería mucha más diversidad y descubrirías a muchos más artistas. Te darías cuenta de que no es sólo la idea de uno o la idea de otro, sino que hay muchas más ideas que también son interesantes. Pero al final siempre estamos a la orden de los programadores, directores y organizadores, y ellos quieren un teatro lleno. Yo también lo quiero lleno, aunque tenga la suerte –porque yo no me puedo quejar – de que el teatro y el público me traten muy bien.

Rocío me ha ayudado mucho, me ha abierto mucho campo, porque me ha dejado que el público descubra a un Eduardo Guerrero muy diferente al que llevamos viendo mucho tiempo. Esa calidad humana y artística de una persona joven, sin prejuicios, sin miedo a que tú le vayas a quitar el espacio. Porque es inteligente y sabe lo que es la vida, no tiene miedo al que venga. Al que venga si es mejor, pues ¡mejor todavía!»

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Tú ahora estás ensayando, ¿el qué?

«Es un nuevo proyecto que tiene que ver con «desplante» que gané en 2013. Me interesa el recorrido de lo que era mi proceso en el festival de las Minas. Quería hacerlo con la misma gente, en el Cante era Jeromo Segura y en la guitarra cambiamos, a veces con Salvador Gutiérrez, a veces con Javier Ibáñez.

Tenía mucha curiosidad por volver a revivir eso, porque desde que me ocurrió lo del premio me han pasado muchas cosas, muy rápidas y muy buenas. Entonces no me dio tiempo a asimilar lo que había ocurrido, que había superado todas esas fases, hasta llegar a la final, con cinco compañeros que eran: María Moreno, el Choro, Mercedes Ruiz, Carmen González y yo. Cinco».

«Tampoco hay las mismas oportunidades para todos. Si fuera así yo creo que habría mucho más, porque se vería mucha más diversidad y descubrirías a muchos más artistas»

¡Buena compañía!

 «¡Vamos! Cinco talentos, como digo yo, talentos que cualquiera de los cinco eran merecedores de llevarse el premio. Siempre lo dije. En mi primera entrevista fue lo primero que dije: yo soy el ganador para el jurado, pero los ganadores somos los cinco, porque si uno es bueno, el otro es más bueno, y si otro es mejor, el otro es todavía mejor. Y si uno tiene esto bien, el otro también lo tiene bien. Es muy complicado decidir entre esos cinco quien se lleva el premio. Estoy seguro de que nos separaban décimas».

Me han dicho que también trabajas como modelo…

«Acabo de hacer la inauguración de la Fashion Week con el desfile de Francis Montesinos. Me llamó para que yo saliera en la apertura del desfile y le dije que yo no era modelo, pero él me dijo: No, yo lo que quiero es que tú ¡bailes con ropa mía! – Y así se abrió la pasarela Cibeles con Francis, y son experiencias que yo nunca había pensado que iba a hacer, la verdad».

¿Porqué crees que te eligió a tí?

«Él decía que su diseños son tradicionales, pero modernos, y que yo soy tradicional pero también moderno.Yo no me considero contemporáneo, aun habiendo estudiado contemporáneo. Pero tengo movimientos más modernos. Si yo me quiero tirar al suelo me tiro, pero porque siento que me tengo que tirar, no por tirarme, claro».

 

@chalauracom 

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