Más de tres, y toda la saga en uno
Por Pablo San Nicasio @pablosannicasio
La historia del baile flamenco la escriben nombres puntuales, no tantos, creo yo. Situados estos en momentos diferentes que, conforme pasan los años y con el personal criterio de los historiadores y sabios de turno, se van enlazando, posicionando en fila india y configurando un hilo argumental que da coherencia y sentido a lo que realmente se ve en un escenario. A la historia de todo un arte. Siempre hay un porqué. Aunque se nos venda como totalmente improvisado y fruto de la pasión del momento. Ya, claro.
Dentro de ese cuento que nunca se acaba está la saga de los Farrucos. Con sus ramas y sus troncos, con sus genios. El último hasta la fecha, se llama Juan Manuel.
Llegaba al Nuevo Apolo “Tr3s Flamenco”, un espectáculo a priori para los degustadores del compás y el baile flamenco más visceral. Pero también una cita ineludible para chequear la evolución del gen “farruco” y ver sobre el escenario, de una manera formal y no en fiesta privada o reunión de cabales, a los tres mayores exponente del clan, con permiso de la Farruca.
Y, aunque con altibajos, la propuesta tiene contenido, momentos verdaderamente buenos y, efectivamente, nos da la información pertinente para jerarquizar a la saga en cuanto a contenido, recursos y peso en la historia de nuestro arte.
Tercer día de pase y tres cuartos largos de aforo vendido. Público entregado antes de levantarse el telón y constantes piropos y muestras de cariño. A los tres les ofrecían sus hijas algunos padres extasiados que querían como locos emparentar con el bronce del faraón. Que se pongan a la cola.
Más allá de la devoción, “Tr3s Flamenco” tiene en el compás del baile, los pies, su verdadero filón de aplausos. Lo que no quita para que sean otros los detalles a tener mucho más en cuenta. A ellos vamos.
En primer lugar, que el espectáculo no es sólo de baile. Cuatro grandes cantaores jalonan a los hermanos. Sus metales, de muy dispar registro, tienen su hueco y hacen vibrar al aficionado. No hablamos de simple coloreo, María Mezcle, Antonio Villar, Pepe de Pura o María Vizárraga tienen un eco complementario. No han sido los cantaores titulares siempre aquí, pero se consigue sin embargo que lo parezcan.
Como tampoco estaban los dos hermanos Vicenti, sólo Raúl y un nuevo compañero. Pero el peso y lugar destinado a sus guitarras vale un ole para la producción, para la idea. Como para la flauta de Juan Parrilla, que tampoco estaba en otros créditos del montaje y que anoche pareció llevar toda la vida. Si no es violín es flauta, pero empasta.
Y la presencia del cante de levante, de la caña… que no todo son bulerías y tangos.
Por eso, la irregularidad inicial, donde uno parece prepararse resignado a una borrachera de lo mismo, va tornándose a mejor y al final todo tiene una coherencia. De las falsetas y letras de Paco de Lucía, los ecos camaronianos… se va pasando a un concepto mucho más personal en todo, en los cantes, los toques y, por supuesto, el baile.
Y si los tres, ciertamente, son bailaores de una electricidad fuera de lo normal, lo cierto es que el mayor tiene el secreto. Resulta muy evidente.
Desde que a mitad del espectáculo interpreta la farruca, vemos a Farruquito como el verdadero eslabón ordenador de la saga. Bailaor a la altura de los Faíco, Gades o Farruco. Con esa versión de libro, y su caña, hubiera bastado para coronarle en cualquier época. Luego él dirá que poco con lo que nos conformamos. Será eso. Pero es indudable que ahí estuvo el demarraje, ahí dejó bien claro su extraordinario movimiento de brazos, su insuperable estampa y la fuerza de la bendición que lleva encima y con la que tendrá que cargar toda su vida.
La soleá a tres volvió a lo mismo, imposible e inevitable comparación. En este estado de exposición, uno tras otro y en diferentes roles, es forzoso que el espectador tienda a comparar. Y en “Tr3s Flamenco” ciertamente la batuta del espectáculo la lleva el mayor. Juan Manuel se alza aquí como el juez que parte el espectáculo.
Los tres descalzos, entre ibicencos y en boda gitana, acordándose de sus mayores, lograron de nuevo que la electricidad resultara arrolladora. En el universo farruco hay mucho más que pies y compás, es más que una santísima Trinidad donde está claro quien es el Padre, el Hijo y la paloma del Espíritu Santo. Es un cosmos donde, de momento, resulta claro cuál es la estrella alrededor de la que todo gira y cuya luz tiene que alumbrarnos por muchos años.
@chalauracom