Mataría por trabajar con Quentin Tarantino (y 3)

 

Isabel Pantoja sale de la cárcel.

El feliz acontecimiento tuvo lugar de manera sorpresiva este 24 de abril, viernes, y, aunque fue por espacio de unas pocas horas nada más, y a la espera de que sea el próximo mes de mayo cuando por fin se haga realidad su primer permiso penitenciario por los cauces habituales, el caso es que la popularísima tonadillera, icono máximo del folklore español, pudo volver a paladear el sabor inigualable de la libertad.

La señora Pantoja, que llevaba desde el pasado noviembre recluida en el Módulo I del centro penitenciario de Alcalá de Guadaíra (Sevilla), amaneció con las musas revueltas ese viernes en su celda y se le ocurrió que le apetecía dar un concierto al otro lado de las rejas, de modo que esa misma mañana, aprovechando la hora del almuerzo, se personó en el despacho del alcaide de la prisión, señor Dwight McClusky, hombre íntegro y disciplinado a carta cabal y de increíble parecido físico con el actor de Hollywood Tommy Lee Jones.

Así sucedió, amigos del folklore: nuestra admirada tonadillera se plantó delante del alcaide y, de muy zalameras maneras, le pidió el correspondiente permiso, y el señor McClusky, contra todo pronóstico, contempló la propuesta con buenos ojos.

—Pero, ¿no está usted algo fuera de forma, desentrenada? —preguntó el señor McClusky.

—Quien tuvo, señor alcaide —respondió Isabel—, retuvo.

—¿Y tiene pensado ya algún escenario en concreto?

Teatro Arlequín.

—¿Cleveland, Ohio?

—Madrid. Calle San Bernardo, número 5.

—Dos condiciones —decretó el alcaide—. Uno: si me entero de que ha cantado usted una sola copla en play–back se acabaron los jueguecitos en las duchas. Y dos: nada de sacar a menores de edad al escenario.

—¿Ni a mis nietos siquiera?

—Nada de menores, señora Pantoja.

Se barajaron varias opciones para llevar a cabo el traslado, pero al final se optó por la más acorde a las circunstancias: un helicóptero de la Guardia Civil equipado con el radar Pegasus, capaz de medir la velocidad exacta a la que circula un individuo de rostro pixelado que además de no tener puesto el cinturón de seguridad mete faltas de ortografía en todos y cada uno de los whatsapps que va redactando al volante de su furgoneta. El alcaide McClusky incluso interrumpió su propio almuerzo para contactar con el jefe de la Unidad de Helicópteros de Tráfico porque pensó que podía ser interesante ir poniendo multas por el camino y así matar dos pájaros de un tiro, expresión esta última no del todo desafortunada si tenemos en cuenta que estamos hablando de una aeronave del gobierno español que se emplea para trasladar con carácter de urgencia a una persona de sexo femenino que está cumpliendo condena por delitos de blanqueo de capitales.

No me dirán que la imagen de Isabel Pantoja dentro de un helicóptero no es pura metafísica: un pájaro dentro de un pájaro. Sin metafísica no hay vida, decía el pintor, novelista y filósofo polaco Stanislaw Ignacy Witkiewicz.

De modo que eran exactamente las 17.35 horas cuando el helicóptero de la Guardia Civil despegó del círculo central de la cancha de baloncesto situada en el patio principal del centro penitenciario de Alcalá de Guadaíra, y, dado que el concierto se programó para las 18.30 horas con la idea de que la folklórica pudiera estar de vuelta para pasar la noche en su celda, el uniformado agente de Tráfico a los mandos del aparato volador no tuvo más remedio que poner las hélices a tope. Iban con el tiempo pegado al culo, como solemos decir en la lengua de los quinquis, pero los nuevos helicópteros de la Guardia Civil son casi de ciencia ficción: corren el doble que el AVE, pueden hacer Sevilla–Madrid en menos de una hora.

Con el helicóptero ya en el aire, se le practicó en los asientos de atrás a la señora Pantoja un tratamiento de belleza exprés que incluía blanqueamiento dental con láser y depilación (a conciencia) de piernas, ingles, axilas, bigote y mofletes. Por lo demás, el traslado se efectuó sin incidencias reseñables, y justo a las 18.31 la aeronave tomaba tierra en el helipuerto privado que tiene El Corte Inglés en uno de sus edificios de la calle Preciados, a dos pasos del Teatro Arlequín.

Isabel Pantoja terminó de calzarse el vestido que eligió para la ocasión y, ayudada por un cabo y un teniente coronel de la Guardia Civil, descendió como una reina del helicóptero.

—¿No huele como a pollo al chilindrón? —fueron las palabras que Isabel pronunció en ese momento.

Información para amantes de los datos emotivos: el vestido era el mismo que lució la cantante aquella histórica noche en la que compartió escenario con su único hijo varón y actual príncipe del folklore español: Kiko Rivera. La piel de gallina.

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Mientras la tonadillera bajaba los siete pisos de El Corte Inglés y se daba los últimos toques de colorete ante el espejo del ascensor, la expectación a las puertas del Teatro Arlequín parecía la plaza de Neptuno en una manifestación de tropas antisistemas al asalto del Congreso de los Diputados. Algunas caras conocidas, muy farandulero y afterpop todo:

El presentador julandrín Jorge Javier Vázquez y varias gentucillas más del programa de televisión Sálvame no paraban de firmar autógrafos, igual que el (con toda probabilidad) futuro recluso Rodrigo Rato, que acudió acompañado por nuestra familia Soprano de turno: el señor Mariano Rajoy, que aprovechó para dejar un currículum en las taquillas del teatro, y el ex–monarca don Juan Carlos y doña Corinna, que estos días han vuelto de su luna de miel después de contraer matrimonio por sorpresa en Botswana, África, según me confirmó a la salida el propio Jorge Javier Vázquez, único testigo español del enlace. No tenía yo noticia de que don Juan Carlos se hubiese divorciado por fin de doña Sofía, pero ya era hora, o a lo mejor es que los ex–monarcas tienen carta blanca para las poligamias. El señor Pedro Jota Ramírez, fan incondicional de Isabel Pantoja, hizo saltar todas las alarmas y rumores al aparecer del brazo del señor Alejandro Sanz. Yo ya estoy curado de espanto, y a lo mejor habría sido una ocasión tan propicia como cualquier otra para cruzar cuatro palabras con los dos, pero preferí no desperdiciar ni un solo segundo de la compañía que me brindaba mi buena amiga Gisele Bündchen, que, ahora que se ha retirado de las pasarelas y dispone de tiempo libre, pudo escoltarme el viernes (tú tranqui, Pedrito, que contigo voy luego).

Otra que estuvo por allí, por completar la fauna social del photocall, fue la también estrella del porno Valentina Nappi, que en las próximas fechas se incorporará al reality La isla de los monstruos para amenizarnos las parrillas con nuestro ídolo de masas eréctiles Nacho Vidal. Casualmente la hija de Isabel Pantoja se encuentra estos días participando en este mismo concurso y de ahí su ausencia el viernes. El que tampoco quiso perderse el recital fue el gran–felino–come–crustáceos por antonomasia: Risto Mejide, que fue por libre y llevaba una camiseta de color melón con los virales versos del poeta Ben Clark estampados en fucsia en la pechera: «Tú lees porque piensas que te escribo. Eso es algo entendible. Yo escribo porque pienso que me lees. Y eso es algo terrible». El arquitecto de mansiones de multimillonarios Manuel Blanco fue con el actor de teatro amateur Mario Vargas Llosa; se les vio entrar a los dos con la función ya muy avanzada. Y, por último, la cantante mallorquina Nati Carrillo, que, por surrealista que pueda parecer una cosa así puesta por escrito, se presentó en el Teatro Arlequín disfrazada de Isabel Pantoja, muy salerosa ella, aunque no consiguió engañar a nadie, parecía una bailarina de los siempre recomendables locales de striptease de la zona: llevaba un vestido negro de cola con una raja que le subía por delante hasta el piquito de las bragas, y lo juro por Dios.

Y con apenas siete minutos de retraso, ese milagro humano llamado Isabel Pantoja hizo su aparición en el escenario dispuesta a cambiar la Historia de la copla en esta vida o en la otra.

—Buenas noches, Madrid.

Y el Teatro Arlequín, lleno hasta los topes, estalló en una ovación.

—¿Y la cabra? —me preguntó al oído Gisele, que era la primera vez que veía actuar a Isabel.

—¿Qué cabra? —dije yo.

—La que da vueltas sobre la lata de fabada asturiana mientras suena la trompeta.

—No, eso es en las películas de Almodóvar.

—Ah, pues vaya mierda.

—Que no, boba, ya verás cómo al final le coges el punto.

Yo también era la primera vez que iba a un concierto de Isabel, pero ya sabía que en España, a excepción de las corridas de toros, hace mucho que está prohibido el maltrato animal, y muy especialmente la explotación laboral de cabras. Por cierto, eché de menos a Almodóvar entre el público, a lo mejor es que está convaleciente de alguna operación de úlcera de píloro.

En fin, no crean ustedes que exagero pero ni lo más mínimo si digo que fue una experiencia muy emocionante para mí escuchar en directo algunas de las canciones que más han marcado mi vida. Pude reconocer las del disco que le escribió José Luis Perales a Isabel hace ahora 30 años, al poco de morir su marido, el matador de toros Francisco Rivera Pérez, Paquirri. Es, sin ninguna duda, el trabajo más redondo de la Pantoja: Pensando en ti, Ven a mí otra vez, Hoy quiero confesar, Marinero de luces… Ese barco velero / cargado de sueños / cruzó la bahía… Letras que generaciones enteras de almas sensibles hemos cantado millones de veces por esos karaokes del mundo. No es sólo que sean verdaderas obras maestras de la música universal, es que además, cuando yo era pequeño y nos íbamos a pasar el verano al pueblo en nuestro Renault–12 verde aceituna —otra vez la piel de gallina—, mi padre se tiraba las tres horas y pico que duraba el viaje con la cinta de casete aquella.

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Mi padre jubiló el R–12 y no sé qué fue de la cinta de casete, pero años después, en uno de estos brotes repentinos de melancolía extrema que me dan a mí a menudo, me descargué el disco de internet. Sí, lo confieso, soy un pirata, un pirata de mierda, como el noventa y siete por ciento de ustedes (según estudios bastante optimistas del Ministerio de Cultura), y desde aquí te quiero pedir humildemente perdón, Isabel, pero que España entera lo sepa: no lo hice por ahorrarme unos pocos euros, ni tampoco porque me diera vergüenza que la cajera de la tienda de discos pudiera pensar cosas raras acerca de mis gustos musicales, es sólo que yo no podía esperar a que se hiciese de día y abriera la tienda de discos: mis brotes de melancolía extrema, además de repentinos, son de lo más violentos, no dejan lugar a la paciencia.

Total: conciertazo inolvidable de Isabel, y yo además me enamoré de una de las integrantes de la orquesta (estos adulterios intelectuales Gisele me los perdona siempre; yo le perdono a ella los ronquidos). Era una violinista que parecía una especie de híbrido mágico de Christina Rosenvinge y Frances Bean Cobain: tenía una piel blanquísima, los ojos maquillados muy góticamente, la melena suelta lanzando destellos bermellones por entre los atriles, micrófono de teleoperadora en la mejilla izquierda, las uñas pintadas de negro. No tendría ni veinte años. Hubo un momento en el que se le cayeron las partituras al suelo y se tuvo que doblar para recogerlas y, desde la perspectiva insuperable que me proporcionaba mi butaca de la segunda fila, pude contemplar todo su escote perfectamente diseñado a la medida de mis cánones de belleza. Más tarde la criatura tuvo otro momento de apuro en el bis de regalo: se hizo un pequeño lío con los papeles y se tiró más de medio bis —repitieron Hoy quiero confesar— con el violín sobre los muslos hasta que, con toda la tranquilidad del mundo, sin perder la sonrisilla, dio con los pentagramas y los volvió a colocar en el atril.

Al acabar el recital, con los lagrimones cayéndome a mares por la cara, me quise colar en el camerino, me moría de ganas de felicitar a Isabel —y también de pedirle el teléfono a la violinista—, pero las fuerzas del orden me lo impidieron: cuatro señores impecablemente ataviados con la equipación oficial de la Guardia Civil me hicieron comprender por las buenas que era mejor no intentarlo por las malas. Obedecí a los señores guardias; me hago viejo, pierdo facultades. A don Juan Carlos y a doña Corinna sí les dejaron pasar, incluso a una periodistilla turboleta de la revista Rolling Stone.

Habría dado la mano derecha, mis dos manos, Isabel, por poder teclear ahora mismo con los muñones tus emociones al piano de mi Macintosh, pero no descartes que el mes que viene, cuando obtengas el permiso penitenciario, esté yo en Alcalá de Guadaíra esperándote a la puerta de la cárcel para ser el primero en saltar sobre ti y darte personalmente las gracias por todos los momentos de felicidad que me has regalado con tus tonadillas. Porque, bueno, respecto al asunto éste del blanqueo de capitales, tampoco voy a decir yo ahora que he creído siempre en tu inocencia, pero sí en la absoluta legitimidad de tus delincuencias. Es una grandísima vergüenza que te hayan condenado por hacer exactamente las mismas cosas que hacen los sujetos que nos gobiernan y nos monarquean, o sea: pero que no falla ni uno, del primero al último.

Pues eso, que nos alegramos mucho todos de que pronto puedas volver a la libertad y a los escenarios y a tu negocio de cría caballar en tu finca de Cantora.

Y después de los chistes y las mojigangas, vamos con las morcillas, que es la parte seria de esta sección, como en los espectáculos del Bombero Torero y su cuadrilla de enanitos de Blancanieves.

Hacia el principio de Amor a quemarropa, película escrita por Quentin Tarantino y dirigida por Tony Scott, hay un momento muy romántico en el que Patricia Arquette le dice a Christian Slater:

—Tengo que confesarte algo. Soy una chica alegre.

—¿Eres puta? —pregunta Christian Slater, y entonces Patricia Arquette salta hecha una furia:

—¡¡¡Soy una chica alegre, una chica alegre, hay una diferencia!!!

Algunos puristas de la crónica parlamentaria dirán que mi antepasado Francisco Umbral ni siquiera llegaba a chica alegre, pero a él le gustaba decir de sí mismo que a veces era lo más puta del mundo, y del diario El Mundo. De modo que el silogismo es el siguiente: si Francisco Umbral se autotitulaba puta, entonces a su jefe no le estaba titulando otra cosa que proxeneta. Bueno, todos los jefes lo son.

En uno de sus diarios íntimos publicados por Planeta —editorial que en paz descanse y que rima en consonante con proxeneta—, decía Umbral que «Pedro Jota es mentiroso, cambiante, egoísta, seductor de hombres que utiliza a los escritores y los desangra hasta que ya no le valen, zorruno y frío, aunque con una misteriosa honestidad interior». O lo que es lo mismo: señor Pedro Jota Ramírez, además de coincidir conmigo en aficiones y folklores, es usted el director de periódicos de mis sueños, pero como sigue sin hacerme ni puñetero caso, he decidido que le voy a retirar el tuteo, y además estoy pensando, como señorita de alto estánding que quiero llegar a ser yo también, que voy a ofrecer mis servicios a toda la competencia, empezando por, no sé, el señor Casimiro García Abadillo, por ejemplo, que me parece que es conocido de usted. En fin, alguien habrá por ahí que me sepa querer, aunque no sea más que para un rato, y si no, pues a lucir cutis en la Casa de Campo, y si no, pues en Chalaúra. Hoy quiero confesar / que estoy enamorada / pa’matar los rumores / de aquella esquina. Hale, hasta la semana que viene.

Nota: según la programación del Teatro Arlequín, la cantante mallorquina Nati Carrillo, que Dios la ayude en su aventura artística, tiene previsto actuar aquí algunos días más esta primavera. Infórmense ustedes adecuadamente si no quieren perderse la cosa, por si luego no es prorrogable, que yo ahora mismo no lo sé.

Germán San Nicasio

Escritor

 

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