“NO ME GUSTA QUE NO SE CONSIDERE A LOS FLAMENCOS COMO GRANDES TRABAJADORES”

 

Su físico es ya una carta de presentación singular. Con facciones más próximas a los legendarios bailarines rusos que a los raciales bailaores sevillanos, Rubén Olmo Leal (Sevilla, 1980) ha entrado en ese selecto grupo de flamencos con Premio Nacional sin haber cumplido cuarenta. Galardón que no le ha cambiado el ritmo de trabajo ni su desbordante e innata sencillez, la de uno que sabe de donde viene y lo que le ha costado llegar ahí. Tomamos un café entre los ensayos de un montaje para el Teatro de la Maestranza sevillano.

 

Texto: Pablo San Nicasio   @pablosannicasio

Fotos: Archivo Rubén Olmo

 


 

Sevillano, ¿De qué barrio? 

“Nací en las Tres Mil. A ese barrio llegaron mis padres y nací allí. Luego a los siete años me fui a vivir al Cerro del Águila”.

Anda, de las Tres Mil. Como los Amador y tantos otros…

“Mi madre es madrina de los Iglesias (Eugenio. Miguel…) me he relacionado con los flamencos desde bien temprano, sí”.

¿Qué hay de mito y realidad en las Tres Mil?

“El flamenco allí es lo normal. Es un lenguaje propio. Todos sabemos lo malo que nos cuentan de las Tres Mil, pero a la vez yo veía a una vecina mía que llegaba a las tantas de la mañana de trabajar con Lola Flores, o Eugenio Iglesias que se iba a trabajar a los tablaos, mi otro vecino que se iba con Manuela Carrasco… había mucho más que lo malo que trasciende”.

¿Y cuando empezaste a bailar?

“Empecé en una escuela de barrio, con dos añitos, allí en las Tres Mil, y luego al conservatorio”.

«Todos sabemos lo malo que nos cuentan de las Tres Mil, pero a la vez yo veía a una vecina mía que llegaba a las tantas de la mañana de trabajar con Lola Flores, o Eugenio Iglesias que se iba a trabajar a los tablaos, mi otro vecino que se iba con Manuela Carrasco… había mucho más»

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¿Con antecedentes familiares?

“Para nada. No eran profesionales. Mis padres me apoyaron mucho pero no eran profesionales. Luego fui a la escuela de Manolo Marín y ya ves… a seguir en este camino que nunca termina”.

¿Qué objetivos tenías?

“Era la época dorada de las compañías de Madrid: Canales, Gades, Cortés… y la meta de todos nosotros era ir a Madrid. Ahora ya no, los tiempos cambian, porque es imposible tener una compañía y ser rentable. Pero en aquellos años era un boom enorme y todos íbamos a entrar ahí. Con dieciséis años fui a Madrid con “Güito”, Manolete, Javier Barón, Aída Gómez… y con dieciocho entré en el Ballet Nacional de España”.

Mucho flamenco, pero tienes más formación

“Por mi físico, por mi forma de ser… también tengo formación de clásico español, contemporáneo… y desde bien chiquitito. Recuerdo que en mi clase, en el conservatorio, éramos Juan de Juan, Pastora Galván… fuimos una generación de mucha personalidad”.

¿Formación completa la del conservatorio?

“No, no es suficiente a pesar de ser buena base. Necesitas pagarte tus cursos, asistir a master con otros, como en cualquier otro oficio, claro. No te puedes quedar con el conservatorio únicamente”.

Hablabas de tu físico, cierto es que choca y que te favorece para ciertos papeles

“Cierto, pero cuando Manuela Carrasco me dice que le ayude en algo, o colabore con Javier Barón, o con Pastora, o con Isabel Bayón… se ve que mi pulsación es flamenca. No obstante mi técnica es también cercana al clásico y otras estéticas”.

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Cuando oías que Madrid era la Meca… ¿Se te ha ocurrido comparar aquellos años con los actuales?

“Los años aquellos son los de mis ídolos, los de mis mitos… desde entonces tengo un vínculo emocional y profesional con Manuela [Carrasco]… la ves mover un brazo por soleá y te echas a temblar. También es verdad que otros mitos se te han caído. Y no tanto en lo artístico, más en lo personal.

En otro orden de cosas, ahora los montajes son mucho más precipitados, te los encargan a veces con dos semanas de antelación, está todo más en el aire. Son tiempos en los que todo es más incierto. Y nos cuesta cerrar las cosas tal y como nos gustaría”.

Cuando empezabas imagino que verías a todos esos fenómenos como los líderes a batir, incluso como los culpables de algunos males del baile flamenco. Ahora estás en esa élite, no sé si eso cambia algo la visión de las cosas…

“Son gente que me ha aceptado en este Premio. Porque este galardón te lo da un grupo de bailaores que te acepta en esa “familia” digámoslo así. Y de hecho Canales o Javier Latorre me escribieron mensajes de bienvenida, algo muy cariñoso”.

¿Y eso condiciona para algo?

“No. Es una palmadita en la espalda que sirve para coger moral. El dinero también viene bien, y puedes relajarte algún tiempo para investigar y pensar proyectos”.

¿Cómo te enteraste?

“Me llamó el Ministro y luego el Rey. Y de la emoción apagué el móvil sin querer. Y luego volvió a llamar y se lo tomó muy bien, fue muy amable”.

¿Dónde andas metido?

“Estoy con Pedro Sierra, Agustín Diassera y Antonio Campos en un montaje sobre Edgar Allan Poe. Algo dificilísimo… “

Encaja para tu físico

“Si que es cierto. En el flamenco no se ha tratado mucho el tema del misterio, el terror, y mi físico ayuda. Como en el montaje del Arlequín de Picasso para el Pompidou de Málaga. Este último es muy curioso porque se hace en museo, una performance en la que interactúas con la gente que visita las salas”.

Ya que estás en esa élite bailaora ¿Qué cambiarías del mundo flamenco?

“El flamenco es un mundo de trabajadores incansables. Gente que se tira estudiando hasta altas horas de la noche. Algo que muchos clásicos no hacen. Y muchas veces ese concepto de trabajo no se traduce como tal de cara a los medios. Parece que uno no trabaja. O que no ensaya y sí, lo hacen, y muy duro. Yo cambiaría esa imagen que se da para fuera, de inspiración e improvisación. Que también son trabajo, y muy duro”.

@pablosannicasio

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