La barrigota de Sandra Carrasco

y el corazón de Josemi Carmona

y el anarquismo de Javier Colina

 

Y la armónica de Antonio Serrano y las percusiones de Bandolero y la trompeta de Manuel Machado. Hola, amigos, ¿cómo van esos últimos coletazos del invierno? Mucho ánimo, que ya va quedando menos. Hoy les vengo a contar lo bien que se nos dio la cosa en el Auditorio Nacional de Música (Madrid) el viernes pasado, 9 de marzo (2018). El cartel lo encabezaban dos músicos de renombre: Josemi Carmona y Javier Colina, que nos regalaron casi dos horas de felicidad con su espectáculo De cerca. Puro corazón, salimos todos contagiados de alegría, con ganas de abrazarnos unos a otros por la calle.

Me van a permitir que empiece por la felicidad de la cantaora Sandra Carrasco. Pedazo de obra de arte en forma de bombo sacó al escenario nuestra estrella. Hace algo más de dos meses, ya tuve yo la suerte de verla en el Teatro de la Zarzuela con el Ballet Nacional de España, y su embarazo ya iba entonces por muy buen camino, lo mismo cuando esta reseña vea la luz ya ha visto la luz también la criaturita de sus entrañas. De modo que el viernes las entradas deberían haber estado al doble de precio, porque la felicidad que transmitía Sandra Carrasco era el doble de intensa. Es verdad que yo esta vez fui gratis, en teoría iba a trabajar, pero ése es un detalle irrelevante. Felicidad de la buena y magia sin reservas de una cantaora que está creciendo a pasos agigantados y es un espectáculo delicioso verla crecer. Gracias, Sandra Carrasco.

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Vamos con Josemi Carmona. Soy muy fan yo de Josemi, desde sus tiempos de Ketama, le debo muchos ratos de felicidad a este señor, o sea: lo siento, que no espere nadie demasiada objetividad en este párrafo. Pero en octubre del año pasado, en el homenaje que le dieron a Pepe Habichuela en el Teatro Circo Price con motivo de sus 60 años como guitarrista bueno, hubo una cosa que me llamó la atención: la Niña Pastori se quejó por el poco reconocimiento artístico que, en su opinión, está recibiendo Josemi. Puede ser, no lo sé, a lo mejor habría que hacer una encuesta, aunque tampoco sé hasta qué punto es medible algo así. A mí Josemi Carmona me parece un artista grandísimo que está en la mitad de su carrera y todavía le queda la otra mitad para seguir creciendo y, de momento, no es pequeña la huella que ha dejado ya con su obra y, bueno, que su nombre encabezase el cartel del otro día fue lo que me llevó a mí al Auditorio Nacional, y desde aquí quiero darle las gracias no sólo por su corazón y su guitarra, sino también por haberme descubierto a artistas nuevos para mí, como Javier Colina.

Sí, amigos, era una de mis muchas carencias musicales, yo nunca había visto a este músico en directo, aunque sí le había escuchado en discos y estaba al tanto de su fama mundial y, como siempre que voy a ver a un artista por primera vez, fui predispuesto a dejarme conquistar. Y me conquistó de arriba abajo. Me pareció un artista de los que rompen esquemas, capaz de convertir en protagonista un instrumento como el contrabajo, teóricamente pensado —teóricamente, insisto— para acompañar. Y esto me reafirma en algo que ya tengo yo escrito por ahí en alguna parte: lo importante no es el instrumento en sí, ni siquiera la disciplina artística en particular, sino la persona que comparte su corazón con el mundo a través de ese instrumento o de esa disciplina artística. Por ejemplo, a mí las motos no me gustan tanto como me gusta Valentino. No sé si me explico.

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Hace no muchas fechas leí una entrevista jugosísima que le hacían a este hombre, a Javier Colina, en la revista Jot Down, y me quedé con esta frase: «Soy de corazón anarquista. Yo toco jazz, no me gusta que me digan lo que tengo que hacer». Estoy citando de memoria, y pido perdón por la inexactitud —no tengo internet a mano ahora mismo—, pero lo que me importa aquí ahora es la esencia de la cita, no la literalidad. Y la esencia de la cita me trae a la cabeza otra frase que también me inspira mucho: dice Lucía Etxebarria que dice Salvador Pániker: «Si la música ha sido capaz de llegar al jazz, la literatura no puede quedarse atrás en esa búsqueda». Pues en ésas estamos, gracias.

El otro gran descubrimiento de la noche para mí fue Antonio Serrano. Tampoco le había visto antes en directo, aunque sí le conocía del DVD de Ciudad de las ideas, el concierto de Vicente Amigo que grabó Canal Plus en el Gran Teatro de Córdoba para Ariola–BMG Music Spain. Corría el año 2000, casi dos décadas más jóvenes éramos todos —ole el vértigo—, y aprovecho para saludar al amigo Vicente: ¿dónde te metes, petardo?, te echo mucho de menos y no sé cuántos días más aguantaré sin verte… Perdón por el descoco, no he podido contenerme, ustedes ya me conocen. En fin, Antonio Serrano, decía. Una auténtica maravilla el color que le dio su armónica al concierto. La versión del mítico Alegría de vivir, de Ray Heredia, fue uno de los momentos de la noche y todavía lo llevo conmigo dentro, y mi amiga Noelia Jiménez, que tuvo la amabilidad de acompañarme al Auditorio, acabó soltando la lagrimilla. Gracias, Antonio Serrano.

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A Bandolero y a Manuel Machado les doy también las gracias y les pido perdón por no dedicarles en este documental de cebras todo el espacio que merecen, pero estoy seguro de que habrá más ocasiones.

Y termino. Nada más acabar la función, mientras salíamos del Auditorio, mi amiga Noelia y yo ya íbamos asimilando las vitaminas y los antioxidantes de la música. De todas las expresiones artísticas que hasta la fecha ha desarrollado el ser humano, creo que la música es la que más elementos nutrientes es capaz de aportar a mi organismo, la que con más facilidad consigue alterarme para bien el ánimo. Es algo que puedo notar físicamente por dentro y por fuera, puedo tener un día de los de abrirme las venas en la bañera y entonces oigo una canción y me como el mundo. Quizá también las corridas de toros produzcan este efecto en mí, aunque no siempre. Noelia y yo, cada uno con nuestras contradicciones particulares, somos bastante taurinitos los dos. ¿Y a qué viene esto? Pues viene a que hay en el mundo todavía corazones muy sucios y muy pequeñitos y hay que impedir como sea que nos contagien su porquería. ¿Estamos a tiempo de limpiar el corazón del mundo? Seguramente no, pero a mí me resulta imposible imaginar un solo corazón sucio después de escuchar la guitarra de Josemi Carmona.

Germán San Nicasio

Escritor

 

 

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