Isabel Pantoja es el mejor invento del mundo (y II)

Hola, amigos, hoy os voy a contar mi vida. El día anterior al suceso de Isabel Pantoja en el Palacio de los Deportes, tuve un rato libre por la tarde y me dio por oír la radio. Encontré una especie de tertulia romántica moderada por la periodista Julia Otero. El tema era la toxicidad de las personas narcisistas y sus efectos sobre las demás personas. O sea: las relaciones humanas con drama por en medio. O sea: el amor como droga y los adictos al amor. O sea: mi tema. Que es el tema de la Pantoja y de todo nuestro folklore más representativo. Porque, le pese a quien le pese, la paradoja de «eres mi vida y mi muerte, te lo juro, compañero, no debía de quererte y sin embargo te quiero» sigue tan vigente entre nosotros como el primer día. (Inciso: si hay algún error lingüístico en la coplilla anterior ya sabemos todos que la culpa es de León y Quiroga, pero mi narcisismo literario me impedía quedarme sin recalcarlo.) De modo que las gentes feministas de buen corazón que le dais tralla a Eva Amaral por aquello de «sin ti no soy nada, sin ti niña mala, sin ti niña triste que abraza su almohada», por el bien de vuestro equilibrio mental, y de mi tranquilidad, mejor no sigáis leyendo esto.

La tertulia de Julia Otero fue inevitablemente corta y superficial, como lo será también esta humilde columnilla, pero uno de los tertulianos tuvo el buen gusto de citar un libro de la escritora Lucía Etxebarria, muy experta en amores tóxicos. El libro se titula Ya no sufro por amor (Martínez Roca, 2005) y es una mezcla de ensayo desenfadado y libro de autoayuda bastante agradable de leer, como casi todo lo que escribió esta autora en sus inicios (mi opinión, perdón). Y dice Lucía Etxebarria: «La sociedad occidental está plagada de yonquis del amor. O, más bien, yonquis de un concepto de amor que no tiene nada que ver con la idea de una relación libre, sana, consensuada y mutuamente respetuosa entre dos personas, sino con la de un enredo agotador y tormentoso que perjudica al bienestar emocional y a la salud e incluso a la integridad física». Bien, pues la Historia de la copla no es que esté plagada de yonquis del amor, es que es la Historia de los yonquis del amor.

El libro, por cierto, recopila un buen número de letras agotadoras y tormentosas de León y Quiroga, Carlos Eleta Almarán, Armando Manzanero y, por supuesto, el Sin ti no soy nada de Amaral. Desconozco si Lucía estuvo el otro día en el Palacio de los Deportes viendo a la Pantoja, pero no me extrañaría nada. La que doy por hecho que no estuvo es Julia Otero, es sabido que esta señora no es muy de folklores.

El caso es que doña Julia, según manifestó en plena tertulia, se vio de pronto invadida de tuits y whatsapps de personas damnificadas por algún narciso, o narcisa. Yo confieso que también me sorprendí con el reventón de gente que hubo en el Palacio de los Deportes, pero creo que ya tengo una hipótesis: la plaga de yonquis. Es posible que Isabel Pantoja sepa conectar con todas esas víctimas del amor narcótico y demás sufridores del corazón. Y encima Pantoja rima con paradoja.

Canta Isabel: «Ay, cuando yo te conocí, comencé a vivir la vida con dolor». Y luego: «Yo no te miento, fui feliz, aunque con muy poco amor». Y luego: «Y muy tarde comprendí que no te debí amar jamás, porque ahora pienso en ti mucho más que ayer». Y luego: «Y ahora quiero que me digas si valió o no la pena haberte conocido, porque no te quiero ver, porque tú fuiste malo».

Isabel Pantoja da voz a los yonquis del amor, y dar voz significa dar aire, fuerza, visibilidad, esperanza. Porque, mis queridas gentes feministas que habéis seguido leyendo esto a pesar de mi consejo, cuando Eva Amaral canta «sin ti no soy nada», a lo mejor no está haciendo apología de la baja autoestima, a lo mejor lo que está haciendo es ofrecer consuelo a, como diría la propia Lucía Etxebarria, «la necesidad que la mayoría de nosotros tenemos de encontrar en la ficción un espejo en el que reconocernos». Conclusión: Eva Amaral hace feliz a la gente, igual que la Pantoja.

Así que a lo mejor la pregunta que nos deberíamos hacer ahora todos es qué ha ganado la Humanidad con meter a esta mujer en la cárcel. Porque yo imagino que en esto sí estaremos de acuerdo: un mundo con más personas felices es mejor que un mundo con menos personas felices.

A veces no sé hasta qué punto es conveniente o no que la justicia sea igual para todos. En algunos casos, y tratándose de delitos de dinero, a mí no me molestaría que hubiera excepciones. Pongamos que se demuestra que la señora Pantoja es una choriza, como de hecho se demostró. Vale, pues que le quiten hasta el último céntimo y le metan además un multón equivalente a, por ejemplo, dieciocho veces lo chorizado. Tendría que liarse a dar conciertos como una loca para saldar la cosa. O sea: felicidad para todos esos yonquis del amor. En cambio en la cárcel no ha podido dar felicidad a nadie. Privando a una artista de su libertad por ladrona nos estamos privando a nosotros mismos de su arte.

Bueno, puede que alguien piense que la Pantoja no es arte, que es caspa, y puede que ese alguien se haya sentido feliz de verla entre rejas, pero caspa tu incultura, gilipollas. Si no eres capaz de comprender y respetar que otras personas puedan tener gustos distintos a los tuyos, la caspa eres tú. El caso de Messi y Cristiano Ronaldo —se me ocurre ahora—, dos sujetos que al parecer también andan en líos de dineros evadidos. A mí personalmente me producen los dos bastante más asquito que admiración, pero es evidente que en libertad hacen felices a muchas más personas que en la cárcel. Pues eso, creo que se me entiende. Y si hablamos de una justicia igual para todos, bueno, pues que sea igual de verdad, y ya os imagináis lo que voy a decir ahora: la mujer de Jordi Pujol, la mujer del Urdangarín, la mujer o ex mujer del señor Sepúlveda, la del señor Blesa, la de Bárcenas… Habrá que ver a cuántas de éstas les cae encima la ley igual que a la Pantoja, y, que a mí me conste, ninguna de éstas ha hecho feliz nunca a nadie.

Pero tampoco me quería pasar hoy de intenso, y en realidad los capullos que nos legislan le han hecho un favor a la Pantoja, igual que el toro aquel de nombre Avispao. Es así, amigos: por duro que resulte, la muerte de Paquirri pudo destrozar la vida de Isabel, pero su arte salió ganando, igual que ahora con la cárcel. Porque si no eres capaz de anteponer tu obra a tu vida, entonces no eres artista. Si no eres capaz de darlo todo por el drama, entonces no eres un yonqui del amor. De eso iba todo esto, ¿no?, de paradojas y rimas populares. En fin, las grandes folklóricas de la vida necesitamos sentirnos muy desgraciadas para ser felices, sólo somos felices cuando somos desgraciadas, y así es cómo nos quiere ver siempre nuestro público: felices. De modo que éste soy yo cantando a pleno pulmón en la felicidad de mi habitación con la Panto de fondo: «¡¡¡Y es que tú fuiste muy malo, sí, muy malo conmigo, por eso no te quiero, no te quiero ver ya más. Vete, vete, vete… Vete ya de mi vida!!!» Y ya está, me doy por desahogado. Hale, hasta la semana que viene.

Germán San Nicasio

Escritor

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