Mataría por trabajar con Quentin Tarantino (2)

 

Hola a todos. Hola, Jennifer Lawrence, hola, Paloma Fantova, hola, Remedios Amaya. Pero antes de nada: Hola, señor Pedro Jota Ramírez, director de periódicos. O sea: ¿qué coño pasa contigo?, ¿estás esperando a que me termine de quedar calvo o qué? La bufanda no me la quito ni en la cama, la voz de constipaíllo la traía yo de fábrica, el acento borde ya me sale casi–casi, lo único que me falta para ser la reencarnación de Umbral es eso: la dichosa calva, aunque también te digo que al paso que voy es cuestión de días. Pero, ¿cuánto hace que bautizamos el nuevo periódico? Meses. Y ni un miserable whatsapp. Yo comprendo, querido Pedro Jota, que la de cazatalentos no es una profesión fácil, y menos cuando el talento que hay que cazar es para reencarnar ni más ni menos que a Umbral. Sin alejarnos mucho en el tiempo: la otra vez que lo quisiste intentar, montaste una Operación Triunfo que fue como unas oposiciones de todo a cien y al final fuiste a elegir a Raúl del Pozo, que sí, era más de lo mismo, pero en peor. En mucho peor. Ahora es distinto porque Twitter y Facebook le da otra emoción a la cosa de fundar periódicos y las operaciones triunfo se las monta cada uno por su cuenta, onanistamente, igual que los videos eróticos, que ya no te los hace un prójimo escondido en un armario sino en la web–cam de tu propio ordenador. Resumiendo: que no me quería poner plasta pero me voy a tener que poner.

La noche de este 11 de abril, sábado, me dio por ir a la Sala Clamores, Madrid, a ver la actuación de la cantaora Remedios Amaya, y en cuanto la oí pegar la primera voz me di cuenta: ¿qué hace esta señora que no está llenando el Palacio de los Deportes, el Vicente Calderón, el Carnegie Hall? Pues lo mismo que yo: muerto de asco en mi casa cuando debería estar recibiendo todos los premios literarios habidos y por haber y dando conferencias por las universidades del mundo. No digo que la Sala Clamores se le quede pequeña a esta cantaora, igual que a mí Chalaúra tampoco se me queda pequeña, de hecho se me queda muy grande, digo que este mundo está muy mal montado y que el ser humano es una chapuza.

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Remedios Amaya, María Dolores Amaya Vega, barrio de Triana, Sevilla, España, 1962, también conocida con el sobrenombre de La Camarona de Triana. Yo a Camarón, por cuestiones de falta de sincronía en nuestras respectivas agendas, no llegué a verle en directo, y de Remedios Amaya hasta ahora sabía lo que sabe cualquier payo que no esté muy metido en el universo flamenco: que fue a Eurovisión, que cantó ¿Quién maneja mi barca? y que ni un puñetero voto y a descojonarnos todos de ella. De su inventario discográfico nada más he oído Me voy contigo, con mi compadre Vicente Amigo a la guitarra, que estaba muy bien y vendió mucho, y ahora tenía entendido que Alejandro Sanz se la iba a llevar a Miami para producirle un disco, pero al final nada de nada. Si ha sido Alejandro Sanz el que se ha echado atrás, entonces, señor Alejandro Sanz, es usted un gilipollitas con todas las letras —como Pedro Jota—, y si ha sido Remedios Amaya la que ha preferido concentrarse en sus labores domésticas, entonces, señor Alejandro Sanz, sepa usted que los genios tenemos nuestras manías.

Dicho esto, ya sabemos todos que una cosa es un disco y otra un escenario, y el shock de la pasada noche fue descomunal. Salió al escenario de Clamores, cantó seis o siete minutillos, dijo que se encontraba acatarrada y se volvió a meter para el camerino. Durante la casi media hora que tardó en volver a aparecer, me entretuve formulando hipótesis con mi compi Israel Cuchillo, que es una especie de alevín de Melchor Miralles a la espera también de su propio cazatalentos.

—La diva quiere hacerle honor al sobrenombre y ya verás: ahora nos va a dejar a todos con las ganas —le dije al Isra.

Pero no.

La segunda parte de la actuación duró una hora y sé que resultará pasado de rosca y tremendismo lo que voy a decir pero créanme, en realidad me estoy quedando corto: Remedios Amaya fue un auténtico escándalo de facultades, tangos, bulerías, turú–turai, un fenómeno de la naturaleza que se mimetizaba en Camarón de la Isla, incluso en Rocío Jurado, como yo me mimetizo en Umbral, y se acabó: si quieren ustedes más detalles, la próxima vez pasen por taquilla.

El cuadro lo completaron dos seres humanos que tocaban las palmas: no me quedé con sus nombres pero me hicieron mucha gracia porque parecían un matrimonio de comunistas de los tiempos del Pascual Duarte de la novela de Cela, tenían lo que el poeta llamaría aureola mítica, y a la guitarra estuvo Juan Requena, que, según comentó Remedios Amaya, acaba de sacar nuevo disco.

Y siguiendo con el decálogo Francisco Umbral del perfecto columnista estrella que ya me sirvió para meterle relleno del bueno a unos párrafos la otra vez que me dejé caer por las pantallas de esta web, me gustaría decir que se me hierven los jugos gástricos cuando veo la indolencia y la ofuscación de las gentes que manejan el cotarro, concretamente tu indolencia y tu ofuscación, Pedro, que no te enteras, que pareces Glenn Quagmire en una playa nudista y te van a robar la cartera. Íbamos por el cuarto mandamiento: un columnista estrella tiene que aprovechar su estrellato para hacer también un poquito de denuncia social. Pues eso: justicia para mí y para Remedios Amaya.

 

Germán San Nicasio

Escritor

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One thought on “Remedios Amaya en Clamores, por Germán San Nicasio

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