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Guitarrista del que tuvimos noticias hace ya años, cuando presentó “El Ladrón del Agua”, que hacía quinto disco en su trayectoria discográfica y el cual nació allá por 2010. Asómbrense porque Daniel Casares tiene apenas treinta y seis años y este “Picassares” que hoy presentamos viene a ser el sexto disco en solitario, o séptimo trabajo si tenemos en cuenta la banda sonora que hizo para la película “El Discípulo”. Y a eso hay que añadir su concierto para guitarra y orquesta de reciente estreno.

Si a uno no le salen las cuentas es porque cuesta creerlo, pero sí, ya lleva veinticinco años en el mundo de la guitarra, según su web y sitios de referencia biográfica. Lo que además otorga a este disco que nos ocupa el rol de conmemorativo.

Málaga es tierra de artistas, a la par con otras regiones famosas de Andalucía en el número de alumbramientos de divos y personajes especialmente dotados para eso de tocar la fibra. Pero sí que es verdad que esta provincia no está a la altura de Sevilla, Córdoba o Cádiz en cuanto a cantidad de guitarristas flamencos de cierta celebridad. Así que Daniel Casares lleva camino, si no está ya bien asentado en el sitio, de convertirse en su bandera tocaora.

Lo que sólo empezó como un juego de “niño prodigio” lleva un camino la mar de productivo. Bien es verdad que con irregularidades que, si bien no ponen en cuestión las condiciones técnicas y flamencas de Daniel Casares, ahí están sus números, premios y discos, sí podrían ser objeto de encarnizado debate entre los que creen que este guitarrista está en la verdadera élite del toque solista y los que no lo terminan de ver así.

Para 2015 Daniel Casares quiso inspirarse en la obra de su paisano Pablo Ruiz Picasso y fusionar elementos de su repertorio y creación flamencas con piezas y estéticas que bien podrían evocar algunos pasajes biográficos del genio de los pinceles.

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Así, encontramos temas netamente flamencos y más que solventes, como la malagueña “Málaga”, los pirotécnicos y “vicenteros” fandangos titulados  “MinoTauro”, las no menos explosivas alegrías “Blanco Andalucía” o los “Tangos de la Paz” junto al contrabajista Adam Ben Ezra.

Para más tarde, en una segunda parte de disco mucho más ecléctica y de estética “naïf” encontrar piezas como la chanson “París” junto a Dulce Pontes o ese guiño a su entorno más actual versionando “Prefiero Amar” de  Luis Eduardo Aute con la voz de su “cantaor” más asiduo últimamente, Miguel Poveda.

De todo nos quedamos con este último tema, por su tempo, su buena concepción sonora, el conjunto logrado y la flamencura que da la estupenda simbiosis con el cantaor catalán. También con su aportación por garrotín en “Plaza de la Merced”, que siempre se recibe con jolgorio dada la poca cantidad de género por ese estilo.

Trayectoria y modos tocaores que en algunos aspectos nos recuerda a la de su tocayo “Niño de Pura”, Daniel Casares es todo un portento técnico. A veces, bastantes, pasado de velocidad pero que no renuncia del todo a la melodía, lo cual hace más entendible su atlético lenguaje guitarrístico frente a los afanes armonizadores compulsivos de otros de su edad.

Pero bueno, si nos dieran a elegir una muestra identificativa, creemos que es en las bulerías “Caballo (desbocado) de Guernica”, que cuentan con el cante de Kiko Peña, donde el metrónomo muestra sin duda ninguna que estamos ante un amante casi compulsivo de la velocidad, algo común a toda su generación y alguna anterior.

Todavía no conocemos a ningún flamenco que haya conseguido más por llegar antes a la meta.

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