José Menese no se merecía
esta especie de cosita vana
Adiós, verano, hola, amigos, ya estamos aquí de vuelta, resignación, a ver cómo nos lo montamos para arrancar otra vez la máquina. Los que leéis con alguna regularidad mis humildes colaboraciones en esta web —gracias, gracias— ya estáis al tanto de mi pudor patológico en lo que se refiere a hablar de mí, y los que me leéis hoy por primera vez —estoy optimista esta noche—, ahora veréis hasta qué punto es ironía todo lo que digo.
Hace ya más de diez años, Manuel Pimentel, editor y más cosas, tuvo la gentileza de editarme una novela que resultó ser un rotundo fracaso de ventas, y, como es perfectamente comprensible, decidió ponerle mesura a la edición de novelas mías. Todos los manuscritos que le he enviado desde entonces me los ha rechazado con sutileza inapelable, lo que no ha impedido que yo siga teniendo un gran sentimiento de deuda hacia él, y esto no es ironía. Por eso, cuando este verano cayó en mis manos el libro José Menese. La voz de la Cultura Jonda en la Transición Española, editado por Almuzara (la editorial de Pimentel), en seguida vi la oportunidad de congraciarme con él. Pensé: ya está, ahora me marco una reseña amable y le calzo otro par de manuscritos. Pues no, en cuanto empecé a leer las primeras líneas ya vi que no iba a poder ser.
El texto lo firma Génesis García Gómez, una señora que al parecer lleva 30 años sin salir bien en las fotos y por eso la que nos planta en la solapa del libro es de 1987. Se trata de un plano medio en el que doña Génesis está en pleno acto de presentación de un ente llamado Departamento de Estudios Flamencos, fundado por iniciativa suya (de doña Génesis) y patrocinado por la Diputación Provincial de Murcia. La mujer ésta hay que reconocer que es una fiera pescando patrocinios: en la solapa aparecen también los escudos de La Puebla de Cazalla y Mairena del Alcor, ayuntamientos sevillanos afines a la causa. Viva el dinero público.
Por ofrecer algún dato más de nuestra autora, en la nota biográfica se nos dice que El País Aguilar ya publicó otro libro suyo sobre José Menese en 1996: José Menese, biografía jonda, libro que a lo mejor hasta fue un best–seller y todo pero que yo no he tenido ocasión de leer —y tampoco veo ninguna necesidad—, aunque no sé por qué me da a mí la sospecha de que doña Génesis, aprovechando que el año pasado se nos murió Menese, lo único que ha hecho ha sido cambiarle el título al best–seller aquél y se lo ha colado a Pimentel por todo el morro.
Sea esta sospecha pertinente o no, ya os lo digo: no estamos ante la biografía definitiva de ese gran cantaor que fue José Menese. Hacía tiempo que no me tropezaba yo con una prosa tan apolillada como la de doña Génesis, sus páginas rebosan cansancio, ranciedad, moho, lo que cuenta no me provoca el menor interés y encima está todo lleno de erratas, y juro que me moría de ganas de que el libro fuera bueno, o al menos mediocre, o no del todo infame, para poder hablar bien de él.
La única sinopsis que me atrevo a teclear es la del capítulo XIV, que es el único capítulo que me he leído casi entero y que lleva por título Amores de luz, amores de luna. Ahí vamos:
Resulta que Menese empezó a despuntar muy jovencito como artista del cante y un señor muy famoso de aquella época llamado Antonio Mairena se fijó en él. Según algunos historiadores de la cosa flamenca, don Antonio Mairena tenía bastante buen ojo para las jóvenes promesas del cante, en concreto para las jóvenes promesas masculinas, un ojo que iba más allá de lo meramente artístico, y al chavalito Menese se ve que el tema no sólo no le disgustó sino que supo sacarle partido, aunque también estuvo ágil para evitar cualquier tipo de encasillamiento que le pudiera suponer alguna merma en su cuota de mercado, y se casó con una señora llamada Encarnación Gil.
Así lo confiesa el propio Menese en la página 265: «Me aferré a Encarna porque tenía que salir de esa obsesión de vivir como hubiera querido Mairena, como quería Francisco». Francisco es Francisco Moreno Galván, pintor y poeta de la cuerda de Mairena y —según se nos insiste hasta la saciedad incluso en el colofón del libro— «pilar indispensable en la vida de José Menese».
Y en la página 266, José Manuel Caballero Bonald, personaje también conocido de ustedes, nos cuenta que el día que «Pepe» se casó, Francisco (el del pilar indispensable) lo pasó tan mal que ni fue a la boda, pero luego se las acabó apañando para compartir a «Pepe» con Encarna y se convirtió en una especie de «figura familiar muy rara», cuidaba a los niños, hacía la comida…
El retrato que pinta doña Génesis de este matrimonio, no por topicazo deja de resultar siniestro, al menos por lo que afecta a Encarnación Gil, pero doña Génesis la figura del sufridor se la adjudica sin reservas a Menese. El colega, qué pena de chaval, va por la vida enamorándose de todo lo que se menea y qué manera de sufrir.
Reprimiéndome los escrúpulos, voy a transcribir un pequeño pasajillo:
—José —le pregunta sagaz doña Génesis—, ¿te gustan las mujeres inteligentes?
Y responde el cantaor:
—Inteligentes, fuertes y guapas. Y si funcionan bien en la cama, mejor. Yo nunca me he enamorao de una mujer tonta ni de una fea.
Sí señor, a eso se le llama sufrir en el amor.
En fin, que Menese fue un grande, estoy de acuerdo, y su compromiso político y social tampoco seré yo quien lo ponga en duda, pero de la señora Génesis García Gómez la única cosa buena que se me ocurre ahora sobre sus delirios de escritora es que su nombre y sus apellidos empiezan por la misma letra y, como ya dijo Alejandro Cuevas (escritor de verdad), sólo hay una posibilidad entre veintidós mil de que las tres iniciales de una persona sean la misma letra, más difícil que sacar tres sietes en la tragaperras, lo que coloca a nuestra querida GGG en el olimpo de los grandes suertudos de la Historia Universal de la Potra, justo al lado de Pier Paolo Pasolini. Lo siento, creo que Menese no se merecía la chapucilla ésta y lo sensato por mi parte habría sido no escribir este folio y dedicar mi tiempo a cosas serias, pero no me he podido contener.
Manuel, si lees esto, mentira me parece que pases de mis novelas y que luego edites semejante pestiño. Quiero creer que estás con la agenda hasta arriba de líos y que en realidad no es responsabilidad tuya, pero más vale que se arregle todo pronto y que, por el bien de todos —incluido el mío—, vuelvas a poner orden en Almuzara. Sigo convencido de que la de editor es tu verdadera vocación y no se me olvida mi deuda contigo. Te mando un abrazo fuerte.
Germán San Nicasio
Escritor