Decir que algo es, simplemente, “bonito”, crea suspicacia. Parece que en estos tiempos de postmodernidad líquida, nada puede ser hermoso, a secas. Que todo tiene que llevar un complemento, una puntilla, un adjetivo que justifique la belleza en sí. Sin embargo, para Sandra Carrasco (y Melón Jiménez, por añadidura, ya que esta Travesía es, también, gran parte suya) parece que el objetivo a la hora de plantear este nuevo trabajo era, tan solo (y tanto) crear un objeto sonoro “bonito”. La producción de Jiménez redondea un LP que viaja con el único transporte sonoro de la voz de Sandra, llevándonos de Italia a Argentina, del Fever de Peggy Lee con su eterno sabor americano, a esa Huelva City que vio nacer y crecer a la Carrasco. La rumba, el fandango, la habanera y la bossa nova se complementan con el flamenco, ineludible en la andaluza, dando lugar a una hora de belleza contenida. Quizás, y aquí viene la sencilla crítica de esta servidora, demasiada. Siempre que se me viene a la cabeza la voz de Sandra Carrasco, pienso en una estancia hogareña, cálida y segura. Una estancia en la que encontrar sin querer algún disco referencial desperdigado. En la que la voz suntuosa y brillante de esta cantaora te acogiera como parte de un universo propio.

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Sin embargo, en Travesía nos encontramos, de continuar con la metáfora, más con una habitación de hotel: aséptica, limpia hasta el extremo, ordenada y perfectamente estudiada. En ocasiones, la limpieza de una producción no asegura su perfección, más aún en los casos de géneros tan viscerales como los que aquí nos ocupan. Se echa de menos la espontaneidad, incluso la imperfección que conlleva toda obra de arte. En Travesía todas las canciones son tan absolutamente redondas, limpias y perfectas, que pierde peso en el conjunto. Tan solo Quien pero quien se acerca a la Carrasco vislumbrada en Océano (Warner, 2014). Aún así, entendemos este viaje sonoro como un capricho. Estilísticamente conceptual, narrativamente intrascendente, pero querido, mimado y pulido, Travesía es, más que un disco, un regalo. Más que un tratado, un estudio, o un desafío, un pequeño capricho. Como una onza de chocolate que disfrutar en el momento, sin pensar en nada más.

Elena Rosillo

@Elena_Rosillo

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FOTOGRAFÍAS: LEO COBO

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