Como agua de mayo

Texto: María García

Fotografía: Archivo Paco Manzano

El domingo pasado un buen amigo nos llevó a un sitio muy especial. Se trata de un viejo tabanco en el centro de Madrid donde sólo sirven vinos de Jerez. Para mi amigo, que tiene una habilidad natural encontrando lugares con magia, éste es un sitio de cabecera los fines de semana, le gusta ir con un acompañante o como mucho dos y dejarse llevar el día, mediante el discurrir de la conversación, por el transcurrir de los acontecimientos. El domingo pasado, sin saber muy bien cómo, acabamos en Fuenlabrada escuchando a uno de los mejores guitarristas flamencos de la historia: Rafael Riqueni.

El concierto, que formaba parte de las XXXII Jornadas Flamencas comenzó con la actuación de Rancapino Chico acompañado al toque por Antonio Higuero. Antonio acompañó divinamente, se nota que está a gusto con el cante y que tiene recorrido, una naturalidad y singularidad en el acompañamiento que pueden llegar a recordar a Melchor de Marchena. Un gusto, vamos. Y el muchacho, al que ya se le va quedando chico lo de “Chico”, estuvo soberbio y cabal, arrancó por martinete, se afianzó con la soleá, encandiló al público con sus alegrías, se despidió por bulerías.

Después actuó Gema Caballero con Javier Patino a la guitarra, ya que por motivos de salud no pudo asistir José Enrique Morente con Juan Habichuela Nieto tal y como estaba anunciado. Pero Gema supo traernos también cierto aire de Granada, de Andalucía Occidental más bien, estuvo entregada y especialmente estupenda por malagueñas y verdiales. Javier nos regaló una guitarra contemporánea, armónicamente inventiva, exploradora de nuevas sonoridades.

Descanso. Una señora muy mayor con abrigo de lana, bastón y pañuelo en la cabeza nos pide paso para salir. Me recuerda a mi difunda abuela. Para ver este concierto tuvimos que hacer un viaje en tren a la periferia sur de Madrid. Pudimos recorrer con nuestros ojos cómo han ido sedimentando las formas urbanas de aquellas formas de vida que un día, hace no tanto tiempo, vinieron a quedarse desde el sur. No sólo Andalucía, también Castilla y Extremadura. Ellos y ellas son la mayor parte del público. Y sus hijos e hijas. También alguna madre —ya abuela o quizás incluso bisabuela— recién llegada del pueblo, como la señora que acaba de salir.

Y comienza el acontecimiento. Porque escuchar a Rafael Riqueni es un verdadero acontecimiento. Una se da cuenta de que está delante de algo importante, a ratos incluso hay que contener la respiración.

Como intérprete Riqueni es un guitarrista de primera, pero como compositor es algo realmente espectacular, la capacidad que tiene de transmitir con su música es dificilmente descriptible. Su guitarra bebe de toda una larga tradición de guitarra flamenca y española que él a su vez nos entrega, de manera cuidadosa y humilde, con un nuevo pliegue, lleno de frescura, de complejidad. Por sus dedos pasan muchas cosas.

Cuando a Maya Deren —la que algunos llaman la madre del cine experimental— le preguntan si sus películas son documentales, ella responde que si acaso, son documentales del interior. Eso es lo que le pasa a Riqueni, que hace documentales del interior, de un interior que, como una cinta de Moebius, es a la vez exterior. Y recorriendo esa cinta, que es interior y exterior, vemos melodías, escuchamos paisajes, llegamos a palpar recuerdos de cosas que nunca antes hemos vivido. Hay amargura y hay alegría. Hay silencio también. Las composiciones de Riqueni son documentales de un alma extremadamente sensible. De ahí la suavidad. Y el vértigo.

Comenzó con una taranta, profunda y sutil. Luego una soleá, majestuosa, unas alegrías, anchas. La rondeña, con ecos del maestro Montoya —la rondeña por excelencia—, nos la presentó así: cruda y bella. La rondeña es uno de los palos que mejor suenan en la guitarra solista. Un palo que la guitarra quiso de manera especial para sí, la sacó del acompañamiento y la moldeó a su antojo, la tensó, se encariñó con sus graves y se la quedó. Todas las rondeñas son especiales, pero la que Riqueni se tocó aquel domingo por la tarde sonó única.

El público respiró ampliamente y se echó para atrás en su asiento, satisfecho.

En ese punto terminó la parte solista, y entonces el guitarrista sólo se hizo acompañar de dos solitas más: José Acedo y Juan Campallo. Y así nos hicieron disfrutar un rato más con este conjunto de cámara, este grupo de guitarristas que en su soledad se acompañan. Juan Campallo con técnica, precisión y lirismo, José Acedo con una naturalidad y una confianza que hacía contagiar ese disfrute con la sonanta.

El ambiente estaba eléctrico. Después de tocar los estupendos fandangos en homenaje al Niño Miguel, Rafael volvió a dar las buenas noches al público que escuchaba pastueño. Rápido se dió cuenta del error, ‘pero si ya dije buenas noches al principio, es que estoy muy nervioso…’ En ese momento alguien gritó: ‘¡Te queremos Rafael!’ y el público rompió a aplaudir como una esperada lluvia de primavera. ‘Gracias, de corazón. Y ahora que estoy más tranquilo, voy a tocar unas bulerías en homenaje a Manuel Molina, para todos ustedes: Romero verde’. Y volvieron a sumergirse en las aguas tranquilas del toque. Yo recordé este pequeño esbozo que hizo el maestro en un hotel de Barcelona, su actuación en El Dorado coincidió con la muerte de Manuel. El tiempo pasa y el agua corre, pese a la muerte, pese a la vida. ¡Cuánto ha llovido! decimos, para referirnos al paso del tiempo.

Terminan el concierto con una rumba, ligera, que nos ponía ya en el camino de vuelta a casa. Salimos de ahí empapados de emoción. Sonrientes. Felices.

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